La trágica historia del pensamiento humano
no es sino la de una lucha entre la razón y la vida...
Unamuno.
Una civilización existe por su espíritu. Sus dimensiones y las herencias que nos transmiten sus alcances, se miden en la calidad de sus diversas formas de existir y de vivir. La vida humana sin la mesura de las medidas de su cultura, no alcanza ser una real vida humana. No basta estar para “ser”, para ser “seres humanos” hay que conquistar una vida humana, es decir, digna.
Las materialidades de las funciones políticas y públicas de nuestro tiempo, le han dado forma a cierta futilidad del Estado dejando tras de sí a la esencia de la fraternidad ante la ganancia. Y la factura no se ha hecho esperar: una sociedad “preparada” desde sus cimientos (es decir, desde sus bases educativas) hacia una ética comercial, difícilmente podrá mantener un régimen de la concordia e incluso, de la honestidad.
La forma de “ver” se aprende. La manera de asumir a la realidad no puede (o quizá simplemente no debe) ser la frialdad ante la desdicha ajena. Lo que está en juego en esto, es un posible sentido de vivir; un vivir para algo; una misión individual y personal que aspire a la dimensión de lo público no es cualquier cosa sino para personalidades fuera de lo común: para hombres principales (tan ausentes entre nosotros).
El sentido de la vida pública y política más allá de los ángulos utilitaristas de la fría eficacia como forma de gobernar, deben asomarse a la estética fundamental de la ética con la que se vive en esta “vanidad de vanidades”.
Habrá que despejar el enigmático sentido de “la pobreza” que se nos presenta como un problema académico únicamente, y no como una forma de consumo de servicios ante el Estado que plantee, una dicotomía, ese falso problema y ese fenómeno como negocio. Ciertamente los marxismos son hoy anacrónicos, insuficientes, pero paralelamente decirlo y afirmarlo también hoy, es insuficiente.
Los esquemas de los movimientos de las clases pudientes, hoy son un franco simbolismo de cierto parasitismo cuando ellas no develan la importancia que existe en la diferencia entre el hombre útil y “el utensilio”. Pero a la vez, tampoco podemos darnos a la tarea de apologetizar a los movimientos de las clases más desprotegidas sin más, aunque los sectores sociales que tienen un conocimiento más acabado de la realidad sin duda, tienen más responsabilidad sobre las otras.
La responsabilidad de encaminar a un “pueblo” hacia cierta dirección es tarea compleja de múltiples factores. La putrefacción de los sistemas políticos de Occidente toca límites en los dogmas con los que se realiza su acción. Un pueblo –sin esa connotación demagógica que siempre se le da a esta palabra- sin educación, no podrá ser gobernado. Y por pueblo entiéndase toda una gama de diferentes capas sociales. La sociedad en su conjunto podrá tener otros senderos cuando quienes les habla (esos protagonistas eclesiásticos, académicos, medios de comunicación) es quien aspire a tocar esa posibilidad de hacer de otra manera las cosas: dar lo mejor de sí.
Pero mientras tanto las vocaciones están dormidas, domesticadas en un porvenir de corto alcance. Más parece que en esas casas, lujosas o no, se respira una paz sin esperanza, como si ellas fueran un sepulcro.
martes, 20 de julio de 2010
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