miércoles, 16 de mayo de 2012
Madre
Uno de los pilares de la vida es lo que la madre hace de la humanidad. Es lo más sagrado que hay en la vida y más allá de la vida: con ella conocemos el beso de Dios porque la esencia misma de una madre, es el amor más alto y sublime que existe. Ella es la que moldea lo más hermoso de nosotros mismos y de muchas maneras, es ella la que brinda nuestra capacidad de amar.
No es fortuito que en la antigüedad hubiera una divinidad llamada Mitra a quien le atribuían el cuidado de los guerreros. Palabra clave de la que emanan las de mater, y matrix, que difieren de la mera procreadora. Por ello se dice que es de ella de quien emanan los principios rectores de la cultura, es la formadora del alma. De hecho, es la columna vertebral del hogar, es ella quien congrega a la familia, por eso su papel social es fundamental; es mujer, y por lo tanto, es una verdadera maravilla del universo todo.
Como proceso, una madre también se forma. Y no es exagerado afirmar que con el tiempo una Mamá llega a la santidad. Su mirada, su quietud y su forma de ofrecernos el pan y su cariño, finalmente, nos hace volver a la infancia y a la ternura más amplia. Es un deber reconocer, cuidar y respetar siempre a una madre, a una esposa, a una novia con quien acariciamos esa potencialidad sagrada.
Festejemos con amor a nuestras madres porque al hacerlo, dignificamos con ese homenaje al Espíritu mismo, a su noble, incansable y muy importante trabajo. Agradezcamos su existencia y su Ser, siempre presentes, porque aún ausente están presentes, siempre lo estarán. Rindámosles como un tributo a ellas nuestro amor, y dediquémosles nuestras mejores obras porque siempre son uno de los motivos más altos y más fuertes para transformarlo todo.
Que sus bendiciones nunca nos falten.
miércoles, 25 de abril de 2012
ENCONTRARNOS
Es siempre importante “encontrarnos”. Encontrarnos es re-encontrarnos, conocernos, reconocernos, redefinirnos, pues en el reconocimiento está siempre el respeto debido que nos exige ser civiles, tanto en política, como en cualquier principio social, civil; respeto que garantiza tolerancia para todo disenso, que es necesario en todo nivel: sin respeto no pueda haber derecho ni convivencia, sin respeto no puede haber libertad ni igualdad. El derecho es la cohesión de una Nación, es el rumbo histórico que puede ofrecer una unidad clave para avanzar ante cualquier contingencia.
La realidad se compone de múltiples enfoques y diversos intereses. Pero también, hay que saber, que todos en el fondo queremos lo mismo: el bien de todos, nadie lucha por lo que no quiere. Esa identidad en la diversidad y esa pluralidad en esa unidad llevada a la práctica es la grandeza de este momento. Momento que debe cohesionar la fuerza de todos para que seamos capaces todos, de hacer conjuntamente, co-responsablemente, lo que a cada quien corresponde.
En medio de este abanico de posibilidades que se presentan en cada una de las propuestas políticas, es la cohesión la que debemos construir con la identidad que nos ofrece el orden constitucional; es la unidad nacional, del interés público, lo que tenemos que ofertar en los mejores ideales con los que construimos este instante histórico que ha generado una patria hoy desequilibrada por la imperancia de una desigualdad atroz fundada en desordenes políticos estériles, como su fueran ecos de una economía de mercado que resalta la ausencia de una economía política.
Ordenémonos para el porvenir. Se trata de nuestra casa, de nuestro país. Ordenar es definir. Definamos agendas transversales incluyentes, fuera de los dogmas, así lo solicita la democracia: no son tiempos ni de unilateralismos ni de mandatos verticales. No nos escudemos en las mayorías cuando la razón no es la adecuada.
La historia no tiene por qué seguir siendo la pura apariencia mediática de la inmediatez, la historia también puede ser la enseñanza de que la concordia es una llave maestra en la empatía posible, aún en el disenso: que el disenso sea también otro vector que nos de esa fuerza para lo que viene.
Hagamos lo necesario, lo indispensable, lo principal para no perdernos en lo fugaz y lo pusilánime. Con la concordia en el lenguaje se pueden construir puentes insospechados aún en el conflicto; con la cohesión para la acción se puede constituir lo importante para todos, aún en la diferencia, con proyectos distintos pero con fines comunes, para recrear una realidad diferente, posible, conciliando intereses, conociéndonos, reconociéndonos, aceptándonos, formando caminos juntos que hay que recorrer unidos.
lunes, 16 de abril de 2012
AMOR Y VIDA DE ESTADO
A tí, dulce canción de todos los tiempos que te desintegras en el viento,
a tí que eres viento nocturno,
silencio,
amor...
El amor es uno de los grandes temas de todos los tiempos y de todas las culturas; existe desde el comienzo en todos los idiomas y de hecho, es un lenguaje universal; es, primero, una forma de expresión, una manera de comunicarnos; es un fenómeno de muchos significados y parece, que como acontecimiento, es un asunto que rebasa ser sólo humano. Dante decía que “el amor es lo que mueve a las estrellas”.
Humanamente el amor es un elemento central en la construcción del “alma”, y como “componente” de la vida, es Espíritu, es decir, es el contenido de la palabra que es resonancia de nuestras profundidades o de nuestros abismos.
Eso “invisible” que atraviesa a la humanidad entera, es, como experiencia de las personas, uno de los acontecimientos más hermosos de la vida, y es, como vivencia de un pueblo, parte de su cultura; el amor como comunicación y como lenguaje es un puente, un “poner en común”, es un “hacer en común”, y ahí emerge la comunidad. En ese “poner en común” podemos decir que el amor es siempre “una confesión” y un “testimonio”: el amor es ese hilo que fundamenta a la esencia de la familia y por tanto, al núcleo de la sociedad; es pieza clave en las células de un todo.
Con esa importancia, toda la historia del pensamiento y de las grandes religiones del mundo, le han concedido, al amor, un lugar preponderante en lo que puede hacer un hombre, un pueblo o una cultura; el amor redefine a la filosofía y a la religión; el amor como energía y como potencia, es el motivo más alto que puede haber para alcanzar la libertad y la dignidad humana (sin dignidad no hay honor); el amor es el punto de referencia y de arranque más hondo que hay para vivir: es el hacedor de nuestros sueños y de nuestras esperanzas. Sin amor no hay vida, sólo existencias. Vivir es construir.
El amor, aunque es una bendición y un milagro, como fuerza de voluntad, es una “alternativa consciente”, efecto de una historicidad (¡y la “historia” es una creación constante!, no es sólo una memoria inmóvil). El amor es ese tiempo y es ese espacio donde compartimos nuestra libertad: sin libertad difícilmente hay amor.
No obstante, del encuentro al amor hay distancias, de la comunidad al encuentro hay distancias, pues aunque vivimos entre muchos, conocemos a pocos. Nada garantiza la empatía si no hay conocimiento, aún en medio del erotismo, y es que hay que decirlo: el amor no es el simple gusto compartido, no nace necesariamente de la belleza física, tampoco es sólo el placer; el amor es aceptación auténtica y es disposición ante la diferencia, no es sumisión ni es resignación: ahí radica su ser indestructible, en esa pasión indomable que le ofrecemos a los seres amados.
El conocimiento es la estructura del misterio del amor. Un conocimiento de coincidencias con el que se vive la realidad, un saber de entrecruzamientos y funcionalidades con los que se teje el espíritu de un pueblo, con el que se prueba su capacidad de crear o aceptar a “la verdad”. No hay amor sin conocimiento, humanamente no es posible amar sin conciencia (aunque el amor no sea ni racional ni un asunto exclusivo de la razón).
El conocimiento es la vértebra más delicada del Estado, pues el conocimiento, al generar “verdad”, genera “poder” y le da “sentido” a todo lo que hay bajo el yugo del nombrar. La verdad es una búsqueda, y los pueblos y los hombres que se conforman con lo superficial, sólo se conforman con la “certeza”: el conocimiento entonces se convierte en la médula del Estado, y si falla el conocimiento, falla el orden de todo. Por eso se ha dicho que “conocer es amar”. Si falla ese orden de Estado, estalla la violencia. Ante una cultura beligerante, ese orden que está, o que debe estar cimentado en “la educación” como proyecto de Estado, es la posibilidad de la concordia y de la civilidad. Educación que no debe ser confundida con la pura capacitación para el trabajo.
Y sin embargo una “República de amigos” es inviable porque es utópica en este contexto de envidias que emergen, de ese falaz “sistema de competencias”, sobre todo, por esa condición caínica que como humanidad, estamos obligados a romper.
El amor como conciencia, es decir, el amor como conocimiento, es una responsabilidad: la vida es asumir la responsabilidad de vivirla, y en esa responsabilidad, está la capacidad de “dar” (es gratuidad, sin interés, sin esperar nada a cambio, el amor no es un intercambio, no es un comercio). Es ese ofrecimiento del ser en otro ser para hacer unidad.
En ese episodio de la vida todo es posible. El amor se vive en un instante breve, y es lo que hace a la vida breve, por eso hay que cuidarlo, porque en ese momento, al ser luz y verdad, se comprende la contradicción que hay en él: es poder y anti-poder, y puesto que el amor es esencialmente “conocimiento”, es a la vez “autoconocimiento”, es reconocimiento y “autoreconocimiento” como construcción de la “otredad” y hasta de la felicidad como proceso de una búsqueda infinita, por tanto, ese conocimiento, es la base del respeto y de la confianza.
El reconocimiento es posibilidad de reconciliación: sólo así se puede “perdonar”. Donde no hay amor, no hay “perdón como comprensión” ante la “culpa” y la responsabilidad; donde no hay estos elementos, no se puede construir la justicia, y donde no hay justicia en la contingencia, no hay espíritu, y sólo prevalece “la condena” como una puerta hacia “la venganza” y hacia el resentimiento: esa es la fuerza de este concepto-experiencia difícil que se ciñe como tierra fértil, y como tristeza cuando “se va”.
Y aunque el amor y el olvido no son lo mismo, son senderos paralelos; nadie puede volver a amar sin haber “olvidado”. Dice C. Rosset: “El olvido no surge cuando desaparecen los recuerdos (lo que no se produce nunca), sino cuando todos los recuerdos aparecen a la vez de forma indiferenciada”. No hay que confundir al olvido con la omisión, o con la indiferencia, no hay que confundir al amor con la compasión o con la lástima.
En el mundo antiguo se creía que el amor era un dios, que poseía a dioses y a hombres (y mujeres), y también se creía, que ese dios, era hijo de “la pobreza” y del “poder”. Por ello hay que saber de qué “momento” hablamos cuando amamos, pues, como decía Voltaire, “el amor es una tela que borda la imaginación”, y esa santa alianza es finalmente, una clave para entender y comprender lo entendible de la muerte que nos sumerge en ese dolor inasible. Decían los griegos antiguos, que uno de los puntos más altos del conocimiento es comprender sin condenar.
En el amor no hay métodos, ni técnicas, aunque el amor sea “un camino” que se construye en un “caminar juntos”, en “un vivir juntos” y no sólo en el enamoramiento, el amor no es un discurso en sí nada más de la tolerancia, sino la magia de la palabra que alcanza a ser poesía incluso en el silencio, música, acción, que va más allá de la persuasión, de la elocuencia y de la retórica, aunque el amor no garantice reciprocidad ni tranquilidad. Por ello hay que saber que el amor es siempre una conquista, es un proceso, y como tal, como morada, es la vida misma.
En ese encuentro, en ese proceso se va la vida. Hay una sentencia gnóstica bellísima y maravillosa que dice así: “yo soy tú y tú eres yo, y donde tú estás yo estoy, y en todas las cosas me hallo disperso, y en donde quiera que recojas, me recogerás a mí, y al recogerme te recogerás a ti misma”.
a tí que eres viento nocturno,
silencio,
amor...
El amor es uno de los grandes temas de todos los tiempos y de todas las culturas; existe desde el comienzo en todos los idiomas y de hecho, es un lenguaje universal; es, primero, una forma de expresión, una manera de comunicarnos; es un fenómeno de muchos significados y parece, que como acontecimiento, es un asunto que rebasa ser sólo humano. Dante decía que “el amor es lo que mueve a las estrellas”.
Humanamente el amor es un elemento central en la construcción del “alma”, y como “componente” de la vida, es Espíritu, es decir, es el contenido de la palabra que es resonancia de nuestras profundidades o de nuestros abismos.
Eso “invisible” que atraviesa a la humanidad entera, es, como experiencia de las personas, uno de los acontecimientos más hermosos de la vida, y es, como vivencia de un pueblo, parte de su cultura; el amor como comunicación y como lenguaje es un puente, un “poner en común”, es un “hacer en común”, y ahí emerge la comunidad. En ese “poner en común” podemos decir que el amor es siempre “una confesión” y un “testimonio”: el amor es ese hilo que fundamenta a la esencia de la familia y por tanto, al núcleo de la sociedad; es pieza clave en las células de un todo.
Con esa importancia, toda la historia del pensamiento y de las grandes religiones del mundo, le han concedido, al amor, un lugar preponderante en lo que puede hacer un hombre, un pueblo o una cultura; el amor redefine a la filosofía y a la religión; el amor como energía y como potencia, es el motivo más alto que puede haber para alcanzar la libertad y la dignidad humana (sin dignidad no hay honor); el amor es el punto de referencia y de arranque más hondo que hay para vivir: es el hacedor de nuestros sueños y de nuestras esperanzas. Sin amor no hay vida, sólo existencias. Vivir es construir.
El amor, aunque es una bendición y un milagro, como fuerza de voluntad, es una “alternativa consciente”, efecto de una historicidad (¡y la “historia” es una creación constante!, no es sólo una memoria inmóvil). El amor es ese tiempo y es ese espacio donde compartimos nuestra libertad: sin libertad difícilmente hay amor.
No obstante, del encuentro al amor hay distancias, de la comunidad al encuentro hay distancias, pues aunque vivimos entre muchos, conocemos a pocos. Nada garantiza la empatía si no hay conocimiento, aún en medio del erotismo, y es que hay que decirlo: el amor no es el simple gusto compartido, no nace necesariamente de la belleza física, tampoco es sólo el placer; el amor es aceptación auténtica y es disposición ante la diferencia, no es sumisión ni es resignación: ahí radica su ser indestructible, en esa pasión indomable que le ofrecemos a los seres amados.
El conocimiento es la estructura del misterio del amor. Un conocimiento de coincidencias con el que se vive la realidad, un saber de entrecruzamientos y funcionalidades con los que se teje el espíritu de un pueblo, con el que se prueba su capacidad de crear o aceptar a “la verdad”. No hay amor sin conocimiento, humanamente no es posible amar sin conciencia (aunque el amor no sea ni racional ni un asunto exclusivo de la razón).
El conocimiento es la vértebra más delicada del Estado, pues el conocimiento, al generar “verdad”, genera “poder” y le da “sentido” a todo lo que hay bajo el yugo del nombrar. La verdad es una búsqueda, y los pueblos y los hombres que se conforman con lo superficial, sólo se conforman con la “certeza”: el conocimiento entonces se convierte en la médula del Estado, y si falla el conocimiento, falla el orden de todo. Por eso se ha dicho que “conocer es amar”. Si falla ese orden de Estado, estalla la violencia. Ante una cultura beligerante, ese orden que está, o que debe estar cimentado en “la educación” como proyecto de Estado, es la posibilidad de la concordia y de la civilidad. Educación que no debe ser confundida con la pura capacitación para el trabajo.
Y sin embargo una “República de amigos” es inviable porque es utópica en este contexto de envidias que emergen, de ese falaz “sistema de competencias”, sobre todo, por esa condición caínica que como humanidad, estamos obligados a romper.
El amor como conciencia, es decir, el amor como conocimiento, es una responsabilidad: la vida es asumir la responsabilidad de vivirla, y en esa responsabilidad, está la capacidad de “dar” (es gratuidad, sin interés, sin esperar nada a cambio, el amor no es un intercambio, no es un comercio). Es ese ofrecimiento del ser en otro ser para hacer unidad.
En ese episodio de la vida todo es posible. El amor se vive en un instante breve, y es lo que hace a la vida breve, por eso hay que cuidarlo, porque en ese momento, al ser luz y verdad, se comprende la contradicción que hay en él: es poder y anti-poder, y puesto que el amor es esencialmente “conocimiento”, es a la vez “autoconocimiento”, es reconocimiento y “autoreconocimiento” como construcción de la “otredad” y hasta de la felicidad como proceso de una búsqueda infinita, por tanto, ese conocimiento, es la base del respeto y de la confianza.
El reconocimiento es posibilidad de reconciliación: sólo así se puede “perdonar”. Donde no hay amor, no hay “perdón como comprensión” ante la “culpa” y la responsabilidad; donde no hay estos elementos, no se puede construir la justicia, y donde no hay justicia en la contingencia, no hay espíritu, y sólo prevalece “la condena” como una puerta hacia “la venganza” y hacia el resentimiento: esa es la fuerza de este concepto-experiencia difícil que se ciñe como tierra fértil, y como tristeza cuando “se va”.
Y aunque el amor y el olvido no son lo mismo, son senderos paralelos; nadie puede volver a amar sin haber “olvidado”. Dice C. Rosset: “El olvido no surge cuando desaparecen los recuerdos (lo que no se produce nunca), sino cuando todos los recuerdos aparecen a la vez de forma indiferenciada”. No hay que confundir al olvido con la omisión, o con la indiferencia, no hay que confundir al amor con la compasión o con la lástima.
En el mundo antiguo se creía que el amor era un dios, que poseía a dioses y a hombres (y mujeres), y también se creía, que ese dios, era hijo de “la pobreza” y del “poder”. Por ello hay que saber de qué “momento” hablamos cuando amamos, pues, como decía Voltaire, “el amor es una tela que borda la imaginación”, y esa santa alianza es finalmente, una clave para entender y comprender lo entendible de la muerte que nos sumerge en ese dolor inasible. Decían los griegos antiguos, que uno de los puntos más altos del conocimiento es comprender sin condenar.
En el amor no hay métodos, ni técnicas, aunque el amor sea “un camino” que se construye en un “caminar juntos”, en “un vivir juntos” y no sólo en el enamoramiento, el amor no es un discurso en sí nada más de la tolerancia, sino la magia de la palabra que alcanza a ser poesía incluso en el silencio, música, acción, que va más allá de la persuasión, de la elocuencia y de la retórica, aunque el amor no garantice reciprocidad ni tranquilidad. Por ello hay que saber que el amor es siempre una conquista, es un proceso, y como tal, como morada, es la vida misma.
En ese encuentro, en ese proceso se va la vida. Hay una sentencia gnóstica bellísima y maravillosa que dice así: “yo soy tú y tú eres yo, y donde tú estás yo estoy, y en todas las cosas me hallo disperso, y en donde quiera que recojas, me recogerás a mí, y al recogerme te recogerás a ti misma”.
Pensar la METRÓPOLI
El siglo XXI es un tiempo donde hay que conquistar, inventar, habitar y deshabitar espacios públicos y privados; es un siglo de grandes movimientos humanos, migratorios o no, con los que se transforma la cultura de manera vertiginosa.
Hoy ya no hay fronteras prácticamente en ningún lugar del mundo ni para las mercancías, ni para las ideas, ni para los capitales, sólo las hay, de manera anacrónica, para los hombres ahora que todo fluye; la reconfiguración de los espacios urbanos y hasta de los rurales, continúa marcando las pautas de una hiper-complejidad enorme, y con ella, las ciudades, las grandes ciudades, se han convertido en metrópolis o en megametrópolis, donde la velocidad de la vida de las personas, igualmente se acrecienta y a la vez se acorta entre la muchedumbre, la multitud o simplemente la masa.
En la vorágine de las dimensiones intempestivas de esas velocidades, las instituciones públicas han quedado, en gran medida, rebasadas por las demandas propias de ese crecimiento que exige cada vez más, una honestidad de ellas para combatir a la corrupción, y la desigualdad que permea a esa vida pública.
Ciudades-metrópolis que -aún con “sus” razones históricas- no justifican un divisionismo geopolítico común ante las necesidades propias de ellas mismas y, al contrario, se busca separar aún más a las partes, como si no se supiera que todas las partes dependen de un todo.
Las metamorfosis de la metrópoli deben de verse como esas “coaliciones de atención” en esta era de reconfiguraciones donde las ciudades todas, son un universo entrelazado y entremezclado por redes globales y panópticas preocupadas por una totalidad de cuidados, donde habremos de re-valorar la vida y la dignidad humana.
Ciudades de múltiples tonalidades legales que deberán insertarse al unísono de una sinfonía más armónica para regular todo lo pendiente, para transitar de la casa al mundo, es decir, de los hechos privados, hacia los públicos inequívocamente en una coexistencia planetaria.
Los ecosistemas de los climas humanos en las grandes ciudades, cada vez más irracionales, tenderán ineludiblemente a responder a las perspectivas ampliadas de un criterio que hoy se muestra insuficiente, incluso con el diálogo debido, pero carente de argumentos y de propuestas, en medio de luchas tan estériles como pseudo-políticas, justo ahí, donde necesitamos de una inteligencia multirracional.
Ciudades de renovadas culturas a las que hay que darles atención con todos los novedosos instrumentos virtuales, morales, mediáticos, políticos y educativos, para apaciguar esa desigualdad tan lacerante, sobre todo, de cara a los jóvenes en la metrópoli porque sabemos, no sólo que se puede, sino que es posible atenderlos. En los jóvenes siempre ha estado la clave de lo que se puede hacer desde la vida adulta, en la semilla está la historia.
El mundo se ha ensanchado y aún así, las paradojas siempre sorprenden. Pese al nomadismo, se acentúa el sedentarismo, y los viajes quedan para otro día, para otra economía. Con ese ensanchamiento se pensaría, que se acrecienta el espíritu, y no es así, no ha sido así. Pareciera que se han ensanchado los mercados, pero no el alma del ser humano que intenta, al menos, no ser sólo una mercancía o simplemente “una cosa” útil.
El pensamiento acorde con la metrópoli, deberá ponerse alerta, moviente con la cultura viva, que transita en el tiempo y en los espacios para poder instalarse en “el qué hacer” político estratégico, eficaz y de profundo alcance, mundializado, hacia nuevas direcciones.
Hoy ya no hay fronteras prácticamente en ningún lugar del mundo ni para las mercancías, ni para las ideas, ni para los capitales, sólo las hay, de manera anacrónica, para los hombres ahora que todo fluye; la reconfiguración de los espacios urbanos y hasta de los rurales, continúa marcando las pautas de una hiper-complejidad enorme, y con ella, las ciudades, las grandes ciudades, se han convertido en metrópolis o en megametrópolis, donde la velocidad de la vida de las personas, igualmente se acrecienta y a la vez se acorta entre la muchedumbre, la multitud o simplemente la masa.
En la vorágine de las dimensiones intempestivas de esas velocidades, las instituciones públicas han quedado, en gran medida, rebasadas por las demandas propias de ese crecimiento que exige cada vez más, una honestidad de ellas para combatir a la corrupción, y la desigualdad que permea a esa vida pública.
Ciudades-metrópolis que -aún con “sus” razones históricas- no justifican un divisionismo geopolítico común ante las necesidades propias de ellas mismas y, al contrario, se busca separar aún más a las partes, como si no se supiera que todas las partes dependen de un todo.
Las metamorfosis de la metrópoli deben de verse como esas “coaliciones de atención” en esta era de reconfiguraciones donde las ciudades todas, son un universo entrelazado y entremezclado por redes globales y panópticas preocupadas por una totalidad de cuidados, donde habremos de re-valorar la vida y la dignidad humana.
Ciudades de múltiples tonalidades legales que deberán insertarse al unísono de una sinfonía más armónica para regular todo lo pendiente, para transitar de la casa al mundo, es decir, de los hechos privados, hacia los públicos inequívocamente en una coexistencia planetaria.
Los ecosistemas de los climas humanos en las grandes ciudades, cada vez más irracionales, tenderán ineludiblemente a responder a las perspectivas ampliadas de un criterio que hoy se muestra insuficiente, incluso con el diálogo debido, pero carente de argumentos y de propuestas, en medio de luchas tan estériles como pseudo-políticas, justo ahí, donde necesitamos de una inteligencia multirracional.
Ciudades de renovadas culturas a las que hay que darles atención con todos los novedosos instrumentos virtuales, morales, mediáticos, políticos y educativos, para apaciguar esa desigualdad tan lacerante, sobre todo, de cara a los jóvenes en la metrópoli porque sabemos, no sólo que se puede, sino que es posible atenderlos. En los jóvenes siempre ha estado la clave de lo que se puede hacer desde la vida adulta, en la semilla está la historia.
El mundo se ha ensanchado y aún así, las paradojas siempre sorprenden. Pese al nomadismo, se acentúa el sedentarismo, y los viajes quedan para otro día, para otra economía. Con ese ensanchamiento se pensaría, que se acrecienta el espíritu, y no es así, no ha sido así. Pareciera que se han ensanchado los mercados, pero no el alma del ser humano que intenta, al menos, no ser sólo una mercancía o simplemente “una cosa” útil.
El pensamiento acorde con la metrópoli, deberá ponerse alerta, moviente con la cultura viva, que transita en el tiempo y en los espacios para poder instalarse en “el qué hacer” político estratégico, eficaz y de profundo alcance, mundializado, hacia nuevas direcciones.
Lo que necesitamos este 2012
La democracia puede definirse como una forma de esclarecer las cosas. La historia política de Occidente debe de aprender que cualquier proceso democrático no es sólo un asunto de carácter electoral; la democracia no es sólo una competencia, sino una constante construcción de la justicia, de la vida civil, un esfuerzo por arribar a una convivencia que anule a la violencia como una forma de someter o vencer al contrincante, trátese de quien se trate: es, la democracia, una forma de construir al “otro”.
El principio político de la democracia radica en el diálogo, en el encuentro para construir la concordia y cimentar en ella, lo legítimo como efecto de “la diferencia”. Encuentro concordante que debe ser parte de la legalidad a la que le deben rendir cuentas las instituciones ante la sociedad. Esa es una exigencia de la historia, otra, es que en todo proceso democrático, debemos velar por la abierta ventilación de la difícil renovación de esas instituciones ante los requerimientos tanto del propio momento, como de la historia misma; ese es el reto de “los” que han tenido el poder y se aferran a dejar de ser quienes han sido, teniendo lo que han tenido.
Las paradojas de inmediato se asoman ante los dilemas de las rotaciones de las élites. Los que saben, los que han sabido, deben de saber que el mundo ha cambiado, y los que llegan, deben de saber que “lo que saben” debe de adecuarse al presente sin perder de vista jamás a la historia. Experiencia ante juventud, mandos políticos que deben transitar por las generaciones para saber hacer las cosas no sólo teniendo el mando; y es que saber hacer las cosas, no significa saber para qué hacerlas o saber por qué hacerlas. Esta reflexión difícil es la que deben asumir los Institutos Políticos ante los dilemas de “saber” quiénes deberán llevar el mando para el siguiente ciclo de reciclaje.
Y es que de ninguna manera se trata sólo de la renovación aparente de “cuadros”, sino de “discursos”, de “narrativas”, de “direcciones”, de “sentido” histórico con esos ideales inmanentes a los grandes proyectos políticos de Estado que deberán muy pronto, dejar de ser meras utopías cargadas en las grandes mentiras fugaces de campaña.
Renovación que no sólo inmiscuya a “jóvenes” (pues en sí misma no es ninguna garantía de “cambio”), sino a la inclusión de la inteligencia y del talento que puede alternar propuestas viables dentro de la adecuación permanente, del derecho, a la vida pública para hacer posible la equidad entre todos ante esta desigualdad tan lacerante también de todos.
Por ello hay que estar más allá de mera estrategia, incluso más allá de la capacidad simbólica para reencontrarnos en el reconocimiento mutuo, para hacer conjuntamente, corresponsablemente, una civilización distinta a la que padecemos cotidianamente; hay que enfocar la precisión del lenguaje en lo que envuelve al derecho y la justicia en ese acto de renovar a los partidos, y a las instituciones en ese marco comicial que contiende por un poder que hay que transformar en un Estado de derecho.
La hazaña estará en voltear a ver ese oficio de esclarecer lo que se hace, con qué elementos se hace lo que se quiere hacer, y lo que se debe hacer, en todo caso, es traducir lo que demanda la sociedad en su conjunto: dejar la simulación y asumir la responsabilidad de heredar el mando político a “los mejores”, no a quienes mejor se sirven del poder, sino a quienes mejor pueden atender los grades dilemas de nuestro tiempo con el compromiso, y con la congruencia debida.
El principio político de la democracia radica en el diálogo, en el encuentro para construir la concordia y cimentar en ella, lo legítimo como efecto de “la diferencia”. Encuentro concordante que debe ser parte de la legalidad a la que le deben rendir cuentas las instituciones ante la sociedad. Esa es una exigencia de la historia, otra, es que en todo proceso democrático, debemos velar por la abierta ventilación de la difícil renovación de esas instituciones ante los requerimientos tanto del propio momento, como de la historia misma; ese es el reto de “los” que han tenido el poder y se aferran a dejar de ser quienes han sido, teniendo lo que han tenido.
Las paradojas de inmediato se asoman ante los dilemas de las rotaciones de las élites. Los que saben, los que han sabido, deben de saber que el mundo ha cambiado, y los que llegan, deben de saber que “lo que saben” debe de adecuarse al presente sin perder de vista jamás a la historia. Experiencia ante juventud, mandos políticos que deben transitar por las generaciones para saber hacer las cosas no sólo teniendo el mando; y es que saber hacer las cosas, no significa saber para qué hacerlas o saber por qué hacerlas. Esta reflexión difícil es la que deben asumir los Institutos Políticos ante los dilemas de “saber” quiénes deberán llevar el mando para el siguiente ciclo de reciclaje.
Y es que de ninguna manera se trata sólo de la renovación aparente de “cuadros”, sino de “discursos”, de “narrativas”, de “direcciones”, de “sentido” histórico con esos ideales inmanentes a los grandes proyectos políticos de Estado que deberán muy pronto, dejar de ser meras utopías cargadas en las grandes mentiras fugaces de campaña.
Renovación que no sólo inmiscuya a “jóvenes” (pues en sí misma no es ninguna garantía de “cambio”), sino a la inclusión de la inteligencia y del talento que puede alternar propuestas viables dentro de la adecuación permanente, del derecho, a la vida pública para hacer posible la equidad entre todos ante esta desigualdad tan lacerante también de todos.
Por ello hay que estar más allá de mera estrategia, incluso más allá de la capacidad simbólica para reencontrarnos en el reconocimiento mutuo, para hacer conjuntamente, corresponsablemente, una civilización distinta a la que padecemos cotidianamente; hay que enfocar la precisión del lenguaje en lo que envuelve al derecho y la justicia en ese acto de renovar a los partidos, y a las instituciones en ese marco comicial que contiende por un poder que hay que transformar en un Estado de derecho.
La hazaña estará en voltear a ver ese oficio de esclarecer lo que se hace, con qué elementos se hace lo que se quiere hacer, y lo que se debe hacer, en todo caso, es traducir lo que demanda la sociedad en su conjunto: dejar la simulación y asumir la responsabilidad de heredar el mando político a “los mejores”, no a quienes mejor se sirven del poder, sino a quienes mejor pueden atender los grades dilemas de nuestro tiempo con el compromiso, y con la congruencia debida.
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