La democracia puede definirse como una forma de esclarecer las cosas. La historia política de Occidente debe de aprender que cualquier proceso democrático no es sólo un asunto de carácter electoral; la democracia no es sólo una competencia, sino una constante construcción de la justicia, de la vida civil, un esfuerzo por arribar a una convivencia que anule a la violencia como una forma de someter o vencer al contrincante, trátese de quien se trate: es, la democracia, una forma de construir al “otro”.
El principio político de la democracia radica en el diálogo, en el encuentro para construir la concordia y cimentar en ella, lo legítimo como efecto de “la diferencia”. Encuentro concordante que debe ser parte de la legalidad a la que le deben rendir cuentas las instituciones ante la sociedad. Esa es una exigencia de la historia, otra, es que en todo proceso democrático, debemos velar por la abierta ventilación de la difícil renovación de esas instituciones ante los requerimientos tanto del propio momento, como de la historia misma; ese es el reto de “los” que han tenido el poder y se aferran a dejar de ser quienes han sido, teniendo lo que han tenido.
Las paradojas de inmediato se asoman ante los dilemas de las rotaciones de las élites. Los que saben, los que han sabido, deben de saber que el mundo ha cambiado, y los que llegan, deben de saber que “lo que saben” debe de adecuarse al presente sin perder de vista jamás a la historia. Experiencia ante juventud, mandos políticos que deben transitar por las generaciones para saber hacer las cosas no sólo teniendo el mando; y es que saber hacer las cosas, no significa saber para qué hacerlas o saber por qué hacerlas. Esta reflexión difícil es la que deben asumir los Institutos Políticos ante los dilemas de “saber” quiénes deberán llevar el mando para el siguiente ciclo de reciclaje.
Y es que de ninguna manera se trata sólo de la renovación aparente de “cuadros”, sino de “discursos”, de “narrativas”, de “direcciones”, de “sentido” histórico con esos ideales inmanentes a los grandes proyectos políticos de Estado que deberán muy pronto, dejar de ser meras utopías cargadas en las grandes mentiras fugaces de campaña.
Renovación que no sólo inmiscuya a “jóvenes” (pues en sí misma no es ninguna garantía de “cambio”), sino a la inclusión de la inteligencia y del talento que puede alternar propuestas viables dentro de la adecuación permanente, del derecho, a la vida pública para hacer posible la equidad entre todos ante esta desigualdad tan lacerante también de todos.
Por ello hay que estar más allá de mera estrategia, incluso más allá de la capacidad simbólica para reencontrarnos en el reconocimiento mutuo, para hacer conjuntamente, corresponsablemente, una civilización distinta a la que padecemos cotidianamente; hay que enfocar la precisión del lenguaje en lo que envuelve al derecho y la justicia en ese acto de renovar a los partidos, y a las instituciones en ese marco comicial que contiende por un poder que hay que transformar en un Estado de derecho.
La hazaña estará en voltear a ver ese oficio de esclarecer lo que se hace, con qué elementos se hace lo que se quiere hacer, y lo que se debe hacer, en todo caso, es traducir lo que demanda la sociedad en su conjunto: dejar la simulación y asumir la responsabilidad de heredar el mando político a “los mejores”, no a quienes mejor se sirven del poder, sino a quienes mejor pueden atender los grades dilemas de nuestro tiempo con el compromiso, y con la congruencia debida.
lunes, 16 de abril de 2012
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