El magno tema de la educación es, en sí mismo, una enorme complejidad que provoca pensar, en una de las vértebras más sensibles de cualquier Estado: la responsabilidad de educar y gobernar, son elementos paralelos para asumir la vida en la civilidad que se construye con el quehacer público.
Y es que educar, es construir; pulir el alma de las generaciones; es dar herencia, legado; es ofrecer memoria, y con ello, es, como oficio, un ofrecimiento del ser.
Por ello mismo, a la educación siempre habrá que diferenciarla de otro verbo muy usado en nuestro tiempo: el de “capacitar”. No es lo mismo educar que capacitar, aunque a la fecha, nuestras oligarquías crean y nos hagan creer, que es más importante ofrecerles mano de obra, que darnos la oportunidad de generar hombres libres en nuestra civilización.
En esa prioridad se descomponen, fundiendo conceptos, los que reproducimos con ese ahínco siempre insuficiente, para armar heteróclitamente desequilibrios entre lo que se es, y lo que se quiere ser.
Por ello, al plantearnos cualquier asunto concerniente a la educación, habremos que voltear a ver, ineludiblemente, a la sociedad, a la familia, a las instituciones todas en su conjunto, a los sistemas económicos y políticos contemporáneos, pues es, siempre, la educación, un esquema de trabajo integral y polivectorial que demanda de nosotros mismos, otro tiempo para asumir lo que somos.
Y es que no somos sólo el efecto de la inversión económica del Estado. Podemos ser un proyecto, y no necesariamente, eco de los usos anacrónicos de la sobrevivencia.
La inversión en la educación en México, esta década que termina, ha pasado del 0.6%, al 2.7% del Producto Interno Bruto, y tan sólo, según el World Economic Forum, de 2008 a 2010, hemos pasado, en materia educativa, del lugar 98, al 106 de 133 países. Y somos, actualmente, a nivel universitario, el lugar 168 de 179 países, según el reporte de Shangai.
En medio de un escenario para la violencia, las preguntas brotan en un espectro para la práctica en la pedagogía: ¿qué enseñar?, ¿para qué enseñar, para quién? Alumnos para exportar talento, inteligencia y sensibilidad, son los menos ante los egresados incapaces de comprender lo que leen, y por ende, de plantearse los dilemas que conciernen a la dignidad humana. Se calcula, con cifras conservadoras, que más de mil personas al día cruzan, o pretenden cruzar la frontera norte de nuestro país, en busca de alguna oportunidad que no encuentran aquí.
La deserción ha sido rebasada como un efecto de nuestra problemática económica: el discurso académico se muestra agotado, ante la sed impaciente de nuestros jóvenes; deserción que habla más de una movilidad para la extrañeza rumbo al consumo de las becas o subsidios en turno, que de una curiosidad de quien se mueve.
Y de esos egresados, sabemos que sólo el 8% son capaces de leer, es decir, de entender lo que se lee, cifra que se refleja directamente en la vida universitaria y por lo tanto en la vida productiva. Y así, aún hay atrevidos que dicen que sólo el empleo nos salvará de la pobreza, cuando que, está probado que el sistema de consumo y de producción en el que estamos inmersos, simplemente es infuncional para el reparto de la riqueza, para la distribución de la renta per cápita, y para el acceso con equidad a los servicios que obligadamente debe prestar el Estado.
Por lo tanto, desde los senderos sociopolíticos de las esferas educativas, habremos que plantearnos, cuáles son las ideas esenciales para transformar la realidad, para consolidar las instituciones de nuestro tiempo. Ideas para “hacer”, y hacer para transformar esta situación de terror que permea un diagnóstico y un porvenir funesto.
Transmutaciones que las tiene que hacer “alguien”, “algunos”, muchos o pocos: que es, como obra humana, un reto monumental. Tarea de nuestra generación, generacional. Los tiempos de crisis son tiempos de alba, y es ahí donde radica nuestra responsabilidad ante la contingencia que nos ha tocado vivir.
Si vamos a plantearnos cualquier reforma, hay que asumir que requerimos crear usos nuevos, para superar los abusos que se han cometido a través de la historia. Cualquier reforma educativa, tendrá también que ser una reforma social: esa es una exigencia de la sociedad y de la ciudadanía.
Exigencias y solicitudes que van más allá del crisol, mediático e inmediato de repetir lo que en otros lugares del mundo se consume, por el simple hecho de refrendar al poder en turno para aplicar un capricho, cuando más, y no la Ley. Por ello hay que buscar entre nosotros y también “en el extranjero, información [para nuestra reflexión y para la acción], pero no modelo[s]” inamovibles como absolutos.
Requerimos de una reforma profunda de Estado, que integre las estructuras y funcionalidades de la Universidad, de la educación media y media superior, en concordancia con la básica, pública y privada, a todos los niveles, incluyendo la de “a distancia” y la virtual en proyectos horizontales, que inmiscuyan al educando, al educador, al sindicato, y a todo proceso administrativo para hacerlos pulcros, con rendición de cuentas, no sólo para generar insumos al sector productivo, sino para proponer y promover la dignidad en la construcción permanente del ciudadano.
Exigimos afianzar el contenido del la palabra en el claustro educativo, y fuera de él, con las tesituras de lograr impregnarla a quien corresponde, con la importancia que tiene la verdad, la cultura y la autenticidad en todo ángulo de la vida en su conjunto. No alimentemos el error de los siglos XIX y XX: saber “mucho” de una cuestión, ignorando la raíz de todas las demás .
No es posible vivir humanamente sin ideas, no todo es técnica; no es suficiente saber cómo hacer las cosas, sino también saber para qué hacerlas, por qué hacerlas; las ideas brindan otro sendero ante la tragedia sin sentido, y sin ellas, sólo envilecemos la existencia vital al faltar autenticidad en lo que se hace:
“pensar sin hacer es inútil; hacer sin pensar, es peligroso”.
Tecnificar los espacios no es suficiente: hay que construir civilidad, humanidad ante los espectros de los aires democráticos de la abierta competencia que trae consigo mismo una eticidad de mercado, y no una de concordia, recargada en más de las veces, en las mayorías, y no en las razones.
La competitividad es una situación más empresarial que académica. La educación como proyecto de Estado, deberá acometer el compromiso irrenunciable hacia la sociedad en su conjunto, respetando siempre los intereses que pudieran ser legítimos de los hijos de las clases empresariales, quienes, por cierto, están obligados a apoyar los convenios que en materia educativa marca la Ley. Esta cuestión de Estado, tiene que abrir abanicos para esclarecer la importancia de la educación pública, ante la capacitación en la educación como compromiso social, sobre todo, de los que menos tienen: asunto que en conjunción con la ignorancia, establece en gran medida, la pauta para la desigualdad y la corrupción.
Proyecto educativo que nos muestre concretamente su intención, porque bajo los esquemas de “calidad”, en el caso de América Latina, sólo ha encubierto más los propósitos de un proyecto de mercado, que los de uno de Estado; más, los intereses de unos cuantos, que el bienestar público, social y colectivo.
En esa construcción civil y vital, lo que necesita la sociedad en sus adentros, es un posicionamiento ante su historia como parte de la memoria del mundo, para forjar la identidad ante “el otro”, para reposicionar a la familia, y con ella, al reconocimiento para la reconciliación: y para eso, es imprescindible la filosofía. Un reconocimiento a nuestros Maestros, a nuestros profesores que son, finalmente, raíces de nuestros alcances, fundadores de nuestra manera de respetar a nuestros interlocutores.
Así, la fortaleza de una buena escuela, depende de su contexto, del aire público. Decía Ortega y Gasset, que: “Si un pueblo es políticamente vil, es vano esperar nada de la escuela más perfecta” . Hay que saber que la educación necesita de un contacto con la existencia pública, con la realidad histórica, con el presente, con la actualidad a partir de las categorías que igualmente, habrá que revisar; revisar el espíritu de la letra, las dimensiones del territorio donde se imparte para saber de la diferencia, y de la construcción de la hegemonía en esa diversidad. Por ello, la descentralización educativa es urgente como necesaria, aspecto que toca directamente el laberinto de los alcances del presupuesto, que no siempre es concordante con los requerimientos reales de esa población tan específica.
Requerimientos materiales, insumos de información para la acción, para una vida docente que responda al mundo donde se encuentra nuestro país. Exigencias para la memoria histórica de cada uno de los Estados de la República.
Este esfuerzo por superar los fanatismos, los radicalismos, es un llamado a la construcción del ser, de la certeza, de la tolerancia como principios rectores de la convivencia, de la comprensión sin la condena. Chuang Tsé, lo dice así:
“¿Cómo podré hablar del mar con la rana si no ha salido de su charco?
¿Cómo podré hablar del hielo con el pájaro del estío si está retenido en su estación?
¿Cómo podré hablar con el sabio acerca de la Vida si es prisionero de su doctrina?”
Todo conocimiento es un acontecimiento que cobija la palabra, el lenguaje, la voz que es expresión del Verbo, del Logos, de los ecos milenarios que nos anteceden intra-culturalmente. Es la experiencia del espíritu la que nos permite la posibilidad de la paz en el mundo, la que nos concede quebrantar ese destino caínico que como hermanos tenemos, y que como hermanos, estamos obligados a romper, siempre, con laicidad y con la Ley.
Por ello, la templanza que proponemos se construye irrenunciablemente con el diálogo, no en el engañoso horizonte de una vida para el confort; por ello, manifestamos que, sin respeto, es imposible la educación, el derecho, la justicia y por lo tanto, la civilidad.
sábado, 16 de octubre de 2010
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