miércoles, 23 de junio de 2010

RESONANCIAS



En la vejez aprendemos a olvidar.
Ernest Bloch.



Un pueblo o un hombre que no sabe de dónde viene, jamás podrá saber a dónde va. La construcción del porvenir en gran medida, viene de las raíces. Y en el proyecto educativo de una nación sería un error fatal hacer a un lado la memoria de un pueblo. Repasar la historia, mantenerla viva, es un primer fundamento para entender lo que se percibe como presente. Entender para comprender. Comprender como actitud y aptitud ante la realidad como eje problemático en las aristas que importan en nuestros vectores, es inmiscuirnos participativamente ante la sociedad. Ver el nuevo pasado de México, es encarnar la actualización más objetiva de “lo que fue”.
La riqueza de la enorme acumulación de la era del Virreinato que guarda la Nueva España debe ser atendida; los mundos mesoamericanos, no deben ser descuidados ante la vorágine de estos tiempos que exigen tendencias entre globalidad e identidad. La historia importa por que es de ahí de donde proviene un sentido posible entre nosotros, inmerso, en la producción mundial de los acontecimientos en esta era de la simultaneidad y de la ganancia.
Atender los senderos más íntimos que guardan los problemas a los que se enfrenta la educación, es valorar la dinámica del movimiento de la cultura en su quehacer que importa. La constante renovación de la producción cognitiva, tendrá que ser sopesada, no sólo como acumulación de la memoria para los claustros educativos, sino también, como elementos para las propuestas sociales y políticas que requiere la acción.
La literatura es una expresión del tiempo que inspira torrentes que por instantes son atemporales. Las gotas de la lluvia divina de las letras que caen en suelo fértil, tienen productos, frutos que nutren la magnificencia del Espíritu que dictamina sentido con ellas. Pero el peligro funesto que se presenta ante la ausencia de lo clásico de la cultura, radica en no darle vida ni a las letras ni a la memoria en los laberintos de encontrar al humanismo como ornato y no, como un instrumento para la civilidad.
Dictar clases de historia, no es suficiente cuando éstas se conforman con memorizar sin la reflexión. La política no puede ser sintetizada en ser una mera instrumentalización de la utilización –sin más- ni de los recursos materiales, ni de los culturales como si unos u otros fuesen los patrimonios de “la administración en turno”. Las anomalías que muestran los niveles de quienes proponen cambios sustantivos y sustanciales en la enseñanza de la historia en México, son dramáticos y lamentables. Bastaría re-encontrarnos con la pluma de Mariano Otero, de Justo Sierra, o de Alfonso Reyes –entre muchos otros- para re-formular el destino hoy incierto del futuro de México.

jueves, 17 de junio de 2010

VENTANAS DE LA DEMOCRACIA

Haz lo que quieras,
Pero hazlo con amor.

San Agustín.


La democracia no es sólo un procedimiento aritmético; no es sólo un asunto electoral. La democracia es una forma de hacer las cosas; es –entre otras cosas- un conjunto de procedimientos legales para esclarecer los problemas en el marco de la vida de un pueblo concreto.
El mundo, en materia política experimentó una de sus transformaciones más significativas desde la era de la “caída de los muros” y en México, estas mutaciones tuvieron ecos importantes con la finalización del sistema hegemónico.
Sin embargo, los alcances de los cambios que vivimos en México aún son paradójicos y desconcertantes aunados éstos, al descomunal clima de violencia que vive hoy toda la República mexicana. Violencia que se gesta a raíz de errores políticos y de complicidades copulares que muestran la descomposición del funcionamiento institucional de la vida pública nacional.
El tema de la “inseguridad” que invade a todos los sectores sociales, es una de las aristas que también nos hablan de cierta patología social, pero a la vez, de una franca ineficacia institucional ante los embates de nuestro tiempo.
¿Está fallando la democracia? La democracia no es garantía de solucionar problemas, sino de esclarecerlos, de presentarlos, de asumirlos. Presentar a la democracia como una promesa que todo lo puede es demagogia. Hay que construir constantemente al contrincante, al interlocutor en la democracia. El que ve a la democracia política como una forma de fulminar al “adversario”, termina teniendo enemigos y no interlocutores.
La democracia no es la guerra, sino tierra fértil dónde la palabra es vital. El argumento ante las balas es política; el contenido del verbo ante la violencia, es la comprensión. Las lecturas de tener principios son impostergables ante los dictados de los hombres principales de la vida pública de una nación.
Habrá que no perdernos en las modas de las encuestas y de los resultados de salida de la democracia más elemental que se nos presenta (la electoral como premisa de asumir a la democracia como un conjunto de métodos) porque la democracia no es un negocio.
Un Estado no puede, no debe ser gobernado como si fuera un supermercado o como una empresa donde las ganancias se cuenten bajo el imperio de la pura eficacia. Las coaliciones y las alianzas, serán legítimas cuando esté en juego en ellas el debate y la disertación de las ideas como proyectos políticos ante las sociedades y no sólo sean éstas los instrumentos para acumular votos y no razones.
Evidentemente las raíces de lo anterior son profundas para meditar una transición hacia una democracia más auténtica y no por ello, menos aritmética como efecto de un consenso desconcertante. Para ello, es indispensable poner atención en los alcances del proyecto educativo que tenemos y que podemos tener. La reforma del Estado, a propósito de los alcances de la democracia y de nuestros problemas en medio de la violencia, debe contemplar ser una reforma educativa integral pues, es ahí donde se pueden depositar los mejores y más grandes alcances de un pueblo.