“Nosotros nos parapetamos detrás de nuestro rostro;
al loco le traiciona el suyo. El se ofrece, se denuncia a los demás.
Habiendo perdido su máscara, publica su angustia,
se la impone al primero que llega, exhibe sus enigmas.
Tanta indiscreción irrita. Es normal que se le espose y se le aísle.”
Cioran. E.M.
(Silogismos de amargura El barco de papel. Barcelona, 1986. p. 44.)
El siglo XXI está caracterizado por ser parte del proceso de globalización, del cual, a escala planetaria, nadie puede estar exento. Globalidad y mundialidad, deben de ser elementos para la complejidad de nuestro tiempo, sobre todo, para la comunicación como elementos clave de la humanidad, más allá de cualquier formulación teórica que involucre a estos conceptos y fenómenos, en discursos vacíos como estériles.
La comunicación se ha vuelto la interlocución estratégica. El mundo de los mensajes y de los símbolos, se ha transformado en una complejidad diversa, plural y heterogénea, problematizando así al anacrónico sistema del pensamiento de “los universales” dentro de una esfera, por supuesto, babélica.
Así, “el mundo” se nos presenta como un conjunto de redes de comunicación, de interacciones, de diálogos y de construcción de encuentros o desencuentros de vario linaje. Esto, como principio, es comunicación y tiempo, es decir, historia, legado, memoria y proyección. Proyección comunicacional de la decadencia política y del asequible silencio de nuestros jóvenes.
El mundo es también la generación de condiciones ante los contextos que hacen ver al presente como contingencia: es invención ante las exigencias de nuevos códigos políticos, es, en la comunicación real, artimaña y sortilegio para la recreación subjetiva de la palabra que encarna a la voz que dice, o que quiere decir.
La comunicación es el puente que une al “mundo”, es lo que lo hace unísono, es lo que lo hace vigilia ante los sueños de cada quien; es espíritu.
Como “relación” e interacción, hace posible soberanía e intersoberanías: es un espacio uni, y pluri dimensional, institucional, interinstitucional. Es un espacio concéntrico donde se aglutina como encuentro, el choque, la diferencia, lo público y por tanto, donde se concentra la violencia transformada en el espíritu mismo de la palabra. La la palabra o el verbo, es civilización.
De alguna manera comunicar es medir; es dimensionar, dar medida.
Humanamente comunicar es comunicarnos, es plural el hacer común, es decir, el llevar a la acción.
Y es que desde la antigüedad la comunicación no es la pura técnica. Es esencialmente metafísica al ser a la vez, la comunicación, una situación vital que propone escenarios, circunstancias y condiciones políticas; comunicación que implica “crisis”, es decir, ruptura. Con la comunicación se construye el conocimiento, aunque éste no posea certeza.
Con la intensión de la comunicación se construye la verdad, no con la epistemología o figura lógica alguna en política o en ética. Comunicación es posibilidad de verdad porque es alétheia como acción.
Sin embargo hoy la comunicación, ha pasado a ser meramente un instrumento ante la soledad, o ante la insaciabilidad del hedonismo que no desea, sino que simplemente se deleita en las dinámicas anónimas como mercantiles del mero momento.
La comunicación se fundió y confundió puerilmente, más como “una técnica”, que como “un principio” o postulado de “la realidad”. Y así, el a priori kantiano, quedó relegado para la mera representación de lo que se quiere, y no de lo que se debe. Esto tuvo y tiene efectos en los totalitarismos que nada contribuyen, ni en la posible igualdad entre los hombres, ni en la libertad tan anhelada en cualquier civilización, esto, en son del pragmatismo imperante que también, ha dejado miope a los disfuncionales humanismos.
Hablar de la comunicación es hablar de la conciencia, de la cultura, y por tanto, de las formulaciones con las que se construyen sus alcances en las metáforas con las que se llena el sentido de “realidad”. Si falla la palabra, tiembla lo real.
Y es que ha fallado algo en la construcción de nuestra realidad casi innombrable: y las tareas que se gestan en la Universidad, tienen responsabilidad directa en esto. La política se ha quedado sin palabras, y por tanto sin contenido ante una escenografía por cierto asquerosa-y-sin público.
Lo siniestro de la raíz de esto, da cuentas en “el principio” el Antiguo Testamento. Ahora las redes satelitales y de información en la simultaneidad, problematizan al tiempo mismo. La comunicación se volvió una paradoja insoluble, pues, al ser acción, también se volvió especulación o reflejo de un espejo impotente, e incapaz de formas en medio de máscaras para no reconocernos. La comunicación no representa dirección ni encuentro ni reconocimiento y ni siquiera presente o memoria. Comunicación económica que encierra lo falaz del terror en el mundo, ocultando y presentando la existencia que más conviene.
Las “eras” que nos envuelven a través de las mutaciones conceptuales de los símbolos, son las que designan “lo que viene”. Y esos sentidos de la expresión, son la estética del porvenir, productos de un proceso que hay que descifrar: esto abrirá las pistas suficientes para revelar cómo, y con qué elementos, se está ideando la neo-narrativa en el lenguaje, en la palabra, y por tanto, en el laberinto dónde nos encontramos.
martes, 17 de agosto de 2010
domingo, 1 de agosto de 2010
Derechos Humanos a 60 años de su proclamación
Los Derechos Humanos son parte de la agenda crucial en toda democracia contemporánea; son columna vertebral del hacer de la sociedad civil y de todos y cada uno de los Poderes de Estado. Por tanto, son una responsabilidad que a todos nos toca resguardar para mejorar, tanto nuestra civilidad, como nuestra humanidad. Son una pieza clave en la arquitectura del derecho del siglo XXI.
Al tener tal importancia en lo legal, los Derechos Humanos tienen una relevancia capital en lo político. Y aquí, lo político y lo jurídico, son unidad.
Los Derechos Humanos son los elementos de vanguardia con los que se compone toda tesitura del derecho de avanzada. Así se ha manifestado en los temas de la agenda, de esta IV legislatura del Distrito Federal.
Y es que en este año, se cumplen los primeros sesenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Acontecimiento fundamental para nuestro tiempo. Proclamación que se dio el 10 de diciembre de 1948, y que ha tenido repercusiones importantes en las normas modernas, tanto del derecho internacional, como de los nacionales en prácticamente todo el mundo.
Desde aquella Declaración, el concierto de las naciones nos ha exigido una madurez cada vez más conspicua, sobre todo, a escala institucional en los más diversos órdenes de la vida de Estado.
Por ello, entre nosotros asumimos el deber de plantearnos los enormes retos que tenemos de frente, con las armas que nos da la Ley, las Garantías, los Derechos Humanos ante la injusticia que aqueja a nuestros semejantes, sobre todo en la vulnerabilidad que se muestra con la inequidad económica y hasta intelectual, en las más diversas trincheras de sus vidas, de nuestras geografías.
Injusticia e inseguridad que han envuelto a la conciencia social en el temor y por tanto, en la reacción violenta ante la ineficacia de las instituciones que hoy guardan en su lenguaje ser, si acaso una tumba vacía de una democracia para otro día.
Y sin embargo, los derechos humanos como punta del ahínco humano toca fenómenos no menos complejos que los de seguridad. El tema de los migrantes, de los transmigrantes, de los inmigrantes es complejísimo pero siempre atañe, por ejemplo, al de los derechos humanos.
Temas que se conjugan con los de los siniestros caminos que existen en los reclusorios del país: particularmente con los que tenemos en el Distrito Federal. ¿Qué hemos hecho, y qué haremos con ese mundo que inunda con sus problemas, los que tenemos ahora mismo aquí, en la vida civil, sobre todo a escala internacional en materia de Derechos Humanos?
Los hechos agravan a la realidad. La tortura siendo un hecho aún oculto, no deja de ser una herida en la conciencia de quienes la padecen, que a fin de cuentas somos todos.
Signos de una civilidad que urge construir con otros elementos, con otros cánones que deben rebasar los alcances del sistema penal de esta capital que es, el que inmiscuye a prácticamente todos los Poderes.
A ese respecto hemos muy recientemente propuesto una Ley para prevenir y sancionar la tortura en nuestra ciudad capital, ángulo tan importante e imprescindible que será un avance significativo para la vida integral de toda la comunidad.
Tortura, migración, reclusión, son sólo algunos de los temas que abren otros para pensar en una posible creación de una visitaduría de Derechos Humanos para el Distrito Federal, en tanto que apremia hacer algo ante la impunidad existente, ante la corrupción imperante en esos laberintos que no conocen salida alguna.
El legado para todos es aprender a trabajar en conjunto. La pluralidad también es obra de los Derechos Humanos consagrados en nuestra Carta Magna. En ese sentido, los avances legales que hemos tenido, son los del derecho positivo que marcan su sentido en los de la dignidad humana.
Dignidad como derecho positivo en los Derechos Humanos que exige el respeto a la libertad de creencia, de pensamiento y de conciencia (artículo 18).
Reconceptualizar la dignidad con el derecho, es tarea de todos los Poderes en los hechos que a cada uno le dan su razón de ser; reconceptualizar es reordenar al lenguaje como sensibilidad de lo contemporáneo.
Así, las transmutaciones que ha tenido el derecho positivo en el mundo, dan la pauta igualmente a pensar en el derecho inalienable que se tiene, a decidir por uno mismo en todos los temas fundamentales de nuestro tiempo histórico.
Ese esquema que abre el tema de la libertad, es la esencia de los Derechos Humanos. Norma que problematiza el estado de la normalidad del mundo y del sujeto; que problematiza los límites de la identidad y de los límites que tenemos a decidir lo inindecidible; normalidad que se propone como tal en los senderos de la historicidad al que estamos sujetos todos en Occidente.
Hay que abrir las posibilidades a que el derecho cobije al que no sabe de sí mismo y que igual que todos, exige respeto; al que no tiene posibilidad de voz, pero que tiene integridad en lo que nos puede decir. Ese es el tema que nos espera de manera inmediata también para regular el poder ante la ciudadanía. Codificaciones con la comunicación, con el diálogo y con la ley.
Joseph Ratzinger lo dice así: “El diálogo es más que un intercambio de ideas, más que una empresa académica: es un intercambio de dones”.
Por lo demás, los temas que se desprenden de los de la libertad, siempre serán tierra fértil para seguir trabajando unidos.
Al tener tal importancia en lo legal, los Derechos Humanos tienen una relevancia capital en lo político. Y aquí, lo político y lo jurídico, son unidad.
Los Derechos Humanos son los elementos de vanguardia con los que se compone toda tesitura del derecho de avanzada. Así se ha manifestado en los temas de la agenda, de esta IV legislatura del Distrito Federal.
Y es que en este año, se cumplen los primeros sesenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Acontecimiento fundamental para nuestro tiempo. Proclamación que se dio el 10 de diciembre de 1948, y que ha tenido repercusiones importantes en las normas modernas, tanto del derecho internacional, como de los nacionales en prácticamente todo el mundo.
Desde aquella Declaración, el concierto de las naciones nos ha exigido una madurez cada vez más conspicua, sobre todo, a escala institucional en los más diversos órdenes de la vida de Estado.
Por ello, entre nosotros asumimos el deber de plantearnos los enormes retos que tenemos de frente, con las armas que nos da la Ley, las Garantías, los Derechos Humanos ante la injusticia que aqueja a nuestros semejantes, sobre todo en la vulnerabilidad que se muestra con la inequidad económica y hasta intelectual, en las más diversas trincheras de sus vidas, de nuestras geografías.
Injusticia e inseguridad que han envuelto a la conciencia social en el temor y por tanto, en la reacción violenta ante la ineficacia de las instituciones que hoy guardan en su lenguaje ser, si acaso una tumba vacía de una democracia para otro día.
Y sin embargo, los derechos humanos como punta del ahínco humano toca fenómenos no menos complejos que los de seguridad. El tema de los migrantes, de los transmigrantes, de los inmigrantes es complejísimo pero siempre atañe, por ejemplo, al de los derechos humanos.
Temas que se conjugan con los de los siniestros caminos que existen en los reclusorios del país: particularmente con los que tenemos en el Distrito Federal. ¿Qué hemos hecho, y qué haremos con ese mundo que inunda con sus problemas, los que tenemos ahora mismo aquí, en la vida civil, sobre todo a escala internacional en materia de Derechos Humanos?
Los hechos agravan a la realidad. La tortura siendo un hecho aún oculto, no deja de ser una herida en la conciencia de quienes la padecen, que a fin de cuentas somos todos.
Signos de una civilidad que urge construir con otros elementos, con otros cánones que deben rebasar los alcances del sistema penal de esta capital que es, el que inmiscuye a prácticamente todos los Poderes.
A ese respecto hemos muy recientemente propuesto una Ley para prevenir y sancionar la tortura en nuestra ciudad capital, ángulo tan importante e imprescindible que será un avance significativo para la vida integral de toda la comunidad.
Tortura, migración, reclusión, son sólo algunos de los temas que abren otros para pensar en una posible creación de una visitaduría de Derechos Humanos para el Distrito Federal, en tanto que apremia hacer algo ante la impunidad existente, ante la corrupción imperante en esos laberintos que no conocen salida alguna.
El legado para todos es aprender a trabajar en conjunto. La pluralidad también es obra de los Derechos Humanos consagrados en nuestra Carta Magna. En ese sentido, los avances legales que hemos tenido, son los del derecho positivo que marcan su sentido en los de la dignidad humana.
Dignidad como derecho positivo en los Derechos Humanos que exige el respeto a la libertad de creencia, de pensamiento y de conciencia (artículo 18).
Reconceptualizar la dignidad con el derecho, es tarea de todos los Poderes en los hechos que a cada uno le dan su razón de ser; reconceptualizar es reordenar al lenguaje como sensibilidad de lo contemporáneo.
Así, las transmutaciones que ha tenido el derecho positivo en el mundo, dan la pauta igualmente a pensar en el derecho inalienable que se tiene, a decidir por uno mismo en todos los temas fundamentales de nuestro tiempo histórico.
Ese esquema que abre el tema de la libertad, es la esencia de los Derechos Humanos. Norma que problematiza el estado de la normalidad del mundo y del sujeto; que problematiza los límites de la identidad y de los límites que tenemos a decidir lo inindecidible; normalidad que se propone como tal en los senderos de la historicidad al que estamos sujetos todos en Occidente.
Hay que abrir las posibilidades a que el derecho cobije al que no sabe de sí mismo y que igual que todos, exige respeto; al que no tiene posibilidad de voz, pero que tiene integridad en lo que nos puede decir. Ese es el tema que nos espera de manera inmediata también para regular el poder ante la ciudadanía. Codificaciones con la comunicación, con el diálogo y con la ley.
Joseph Ratzinger lo dice así: “El diálogo es más que un intercambio de ideas, más que una empresa académica: es un intercambio de dones”.
Por lo demás, los temas que se desprenden de los de la libertad, siempre serán tierra fértil para seguir trabajando unidos.
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