Los Derechos Humanos son parte de la agenda crucial en toda democracia contemporánea; son columna vertebral del hacer de la sociedad civil y de todos y cada uno de los Poderes de Estado. Por tanto, son una responsabilidad que a todos nos toca resguardar para mejorar, tanto nuestra civilidad, como nuestra humanidad. Son una pieza clave en la arquitectura del derecho del siglo XXI.
Al tener tal importancia en lo legal, los Derechos Humanos tienen una relevancia capital en lo político. Y aquí, lo político y lo jurídico, son unidad.
Los Derechos Humanos son los elementos de vanguardia con los que se compone toda tesitura del derecho de avanzada. Así se ha manifestado en los temas de la agenda, de esta IV legislatura del Distrito Federal.
Y es que en este año, se cumplen los primeros sesenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Acontecimiento fundamental para nuestro tiempo. Proclamación que se dio el 10 de diciembre de 1948, y que ha tenido repercusiones importantes en las normas modernas, tanto del derecho internacional, como de los nacionales en prácticamente todo el mundo.
Desde aquella Declaración, el concierto de las naciones nos ha exigido una madurez cada vez más conspicua, sobre todo, a escala institucional en los más diversos órdenes de la vida de Estado.
Por ello, entre nosotros asumimos el deber de plantearnos los enormes retos que tenemos de frente, con las armas que nos da la Ley, las Garantías, los Derechos Humanos ante la injusticia que aqueja a nuestros semejantes, sobre todo en la vulnerabilidad que se muestra con la inequidad económica y hasta intelectual, en las más diversas trincheras de sus vidas, de nuestras geografías.
Injusticia e inseguridad que han envuelto a la conciencia social en el temor y por tanto, en la reacción violenta ante la ineficacia de las instituciones que hoy guardan en su lenguaje ser, si acaso una tumba vacía de una democracia para otro día.
Y sin embargo, los derechos humanos como punta del ahínco humano toca fenómenos no menos complejos que los de seguridad. El tema de los migrantes, de los transmigrantes, de los inmigrantes es complejísimo pero siempre atañe, por ejemplo, al de los derechos humanos.
Temas que se conjugan con los de los siniestros caminos que existen en los reclusorios del país: particularmente con los que tenemos en el Distrito Federal. ¿Qué hemos hecho, y qué haremos con ese mundo que inunda con sus problemas, los que tenemos ahora mismo aquí, en la vida civil, sobre todo a escala internacional en materia de Derechos Humanos?
Los hechos agravan a la realidad. La tortura siendo un hecho aún oculto, no deja de ser una herida en la conciencia de quienes la padecen, que a fin de cuentas somos todos.
Signos de una civilidad que urge construir con otros elementos, con otros cánones que deben rebasar los alcances del sistema penal de esta capital que es, el que inmiscuye a prácticamente todos los Poderes.
A ese respecto hemos muy recientemente propuesto una Ley para prevenir y sancionar la tortura en nuestra ciudad capital, ángulo tan importante e imprescindible que será un avance significativo para la vida integral de toda la comunidad.
Tortura, migración, reclusión, son sólo algunos de los temas que abren otros para pensar en una posible creación de una visitaduría de Derechos Humanos para el Distrito Federal, en tanto que apremia hacer algo ante la impunidad existente, ante la corrupción imperante en esos laberintos que no conocen salida alguna.
El legado para todos es aprender a trabajar en conjunto. La pluralidad también es obra de los Derechos Humanos consagrados en nuestra Carta Magna. En ese sentido, los avances legales que hemos tenido, son los del derecho positivo que marcan su sentido en los de la dignidad humana.
Dignidad como derecho positivo en los Derechos Humanos que exige el respeto a la libertad de creencia, de pensamiento y de conciencia (artículo 18).
Reconceptualizar la dignidad con el derecho, es tarea de todos los Poderes en los hechos que a cada uno le dan su razón de ser; reconceptualizar es reordenar al lenguaje como sensibilidad de lo contemporáneo.
Así, las transmutaciones que ha tenido el derecho positivo en el mundo, dan la pauta igualmente a pensar en el derecho inalienable que se tiene, a decidir por uno mismo en todos los temas fundamentales de nuestro tiempo histórico.
Ese esquema que abre el tema de la libertad, es la esencia de los Derechos Humanos. Norma que problematiza el estado de la normalidad del mundo y del sujeto; que problematiza los límites de la identidad y de los límites que tenemos a decidir lo inindecidible; normalidad que se propone como tal en los senderos de la historicidad al que estamos sujetos todos en Occidente.
Hay que abrir las posibilidades a que el derecho cobije al que no sabe de sí mismo y que igual que todos, exige respeto; al que no tiene posibilidad de voz, pero que tiene integridad en lo que nos puede decir. Ese es el tema que nos espera de manera inmediata también para regular el poder ante la ciudadanía. Codificaciones con la comunicación, con el diálogo y con la ley.
Joseph Ratzinger lo dice así: “El diálogo es más que un intercambio de ideas, más que una empresa académica: es un intercambio de dones”.
Por lo demás, los temas que se desprenden de los de la libertad, siempre serán tierra fértil para seguir trabajando unidos.
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