El magno tema de la educación es, en sí mismo, una enorme complejidad que provoca pensar, en una de las vértebras más sensibles de cualquier Estado: la responsabilidad de educar y gobernar, son elementos paralelos para asumir la vida en la civilidad que se construye con el quehacer público.
Y es que educar, es construir; pulir el alma de las generaciones; es dar herencia, legado; es ofrecer memoria, y con ello, es, como oficio, un ofrecimiento del ser.
Por ello mismo, a la educación siempre habrá que diferenciarla de otro verbo muy usado en nuestro tiempo: el de “capacitar”. No es lo mismo educar que capacitar, aunque a la fecha, nuestras oligarquías crean y nos hagan creer, que es más importante ofrecerles mano de obra, que darnos la oportunidad de generar hombres libres en nuestra civilización.
En esa prioridad se descomponen, fundiendo conceptos, los que reproducimos con ese ahínco siempre insuficiente, para armar heteróclitamente desequilibrios entre lo que se es, y lo que se quiere ser.
Por ello, al plantearnos cualquier asunto concerniente a la educación, habremos que voltear a ver, ineludiblemente, a la sociedad, a la familia, a las instituciones todas en su conjunto, a los sistemas económicos y políticos contemporáneos, pues es, siempre, la educación, un esquema de trabajo integral y polivectorial que demanda de nosotros mismos, otro tiempo para asumir lo que somos.
Y es que no somos sólo el efecto de la inversión económica del Estado. Podemos ser un proyecto, y no necesariamente, eco de los usos anacrónicos de la sobrevivencia.
La inversión en la educación en México, esta década que termina, ha pasado del 0.6%, al 2.7% del Producto Interno Bruto, y tan sólo, según el World Economic Forum, de 2008 a 2010, hemos pasado, en materia educativa, del lugar 98, al 106 de 133 países. Y somos, actualmente, a nivel universitario, el lugar 168 de 179 países, según el reporte de Shangai.
En medio de un escenario para la violencia, las preguntas brotan en un espectro para la práctica en la pedagogía: ¿qué enseñar?, ¿para qué enseñar, para quién? Alumnos para exportar talento, inteligencia y sensibilidad, son los menos ante los egresados incapaces de comprender lo que leen, y por ende, de plantearse los dilemas que conciernen a la dignidad humana. Se calcula, con cifras conservadoras, que más de mil personas al día cruzan, o pretenden cruzar la frontera norte de nuestro país, en busca de alguna oportunidad que no encuentran aquí.
La deserción ha sido rebasada como un efecto de nuestra problemática económica: el discurso académico se muestra agotado, ante la sed impaciente de nuestros jóvenes; deserción que habla más de una movilidad para la extrañeza rumbo al consumo de las becas o subsidios en turno, que de una curiosidad de quien se mueve.
Y de esos egresados, sabemos que sólo el 8% son capaces de leer, es decir, de entender lo que se lee, cifra que se refleja directamente en la vida universitaria y por lo tanto en la vida productiva. Y así, aún hay atrevidos que dicen que sólo el empleo nos salvará de la pobreza, cuando que, está probado que el sistema de consumo y de producción en el que estamos inmersos, simplemente es infuncional para el reparto de la riqueza, para la distribución de la renta per cápita, y para el acceso con equidad a los servicios que obligadamente debe prestar el Estado.
Por lo tanto, desde los senderos sociopolíticos de las esferas educativas, habremos que plantearnos, cuáles son las ideas esenciales para transformar la realidad, para consolidar las instituciones de nuestro tiempo. Ideas para “hacer”, y hacer para transformar esta situación de terror que permea un diagnóstico y un porvenir funesto.
Transmutaciones que las tiene que hacer “alguien”, “algunos”, muchos o pocos: que es, como obra humana, un reto monumental. Tarea de nuestra generación, generacional. Los tiempos de crisis son tiempos de alba, y es ahí donde radica nuestra responsabilidad ante la contingencia que nos ha tocado vivir.
Si vamos a plantearnos cualquier reforma, hay que asumir que requerimos crear usos nuevos, para superar los abusos que se han cometido a través de la historia. Cualquier reforma educativa, tendrá también que ser una reforma social: esa es una exigencia de la sociedad y de la ciudadanía.
Exigencias y solicitudes que van más allá del crisol, mediático e inmediato de repetir lo que en otros lugares del mundo se consume, por el simple hecho de refrendar al poder en turno para aplicar un capricho, cuando más, y no la Ley. Por ello hay que buscar entre nosotros y también “en el extranjero, información [para nuestra reflexión y para la acción], pero no modelo[s]” inamovibles como absolutos.
Requerimos de una reforma profunda de Estado, que integre las estructuras y funcionalidades de la Universidad, de la educación media y media superior, en concordancia con la básica, pública y privada, a todos los niveles, incluyendo la de “a distancia” y la virtual en proyectos horizontales, que inmiscuyan al educando, al educador, al sindicato, y a todo proceso administrativo para hacerlos pulcros, con rendición de cuentas, no sólo para generar insumos al sector productivo, sino para proponer y promover la dignidad en la construcción permanente del ciudadano.
Exigimos afianzar el contenido del la palabra en el claustro educativo, y fuera de él, con las tesituras de lograr impregnarla a quien corresponde, con la importancia que tiene la verdad, la cultura y la autenticidad en todo ángulo de la vida en su conjunto. No alimentemos el error de los siglos XIX y XX: saber “mucho” de una cuestión, ignorando la raíz de todas las demás .
No es posible vivir humanamente sin ideas, no todo es técnica; no es suficiente saber cómo hacer las cosas, sino también saber para qué hacerlas, por qué hacerlas; las ideas brindan otro sendero ante la tragedia sin sentido, y sin ellas, sólo envilecemos la existencia vital al faltar autenticidad en lo que se hace:
“pensar sin hacer es inútil; hacer sin pensar, es peligroso”.
Tecnificar los espacios no es suficiente: hay que construir civilidad, humanidad ante los espectros de los aires democráticos de la abierta competencia que trae consigo mismo una eticidad de mercado, y no una de concordia, recargada en más de las veces, en las mayorías, y no en las razones.
La competitividad es una situación más empresarial que académica. La educación como proyecto de Estado, deberá acometer el compromiso irrenunciable hacia la sociedad en su conjunto, respetando siempre los intereses que pudieran ser legítimos de los hijos de las clases empresariales, quienes, por cierto, están obligados a apoyar los convenios que en materia educativa marca la Ley. Esta cuestión de Estado, tiene que abrir abanicos para esclarecer la importancia de la educación pública, ante la capacitación en la educación como compromiso social, sobre todo, de los que menos tienen: asunto que en conjunción con la ignorancia, establece en gran medida, la pauta para la desigualdad y la corrupción.
Proyecto educativo que nos muestre concretamente su intención, porque bajo los esquemas de “calidad”, en el caso de América Latina, sólo ha encubierto más los propósitos de un proyecto de mercado, que los de uno de Estado; más, los intereses de unos cuantos, que el bienestar público, social y colectivo.
En esa construcción civil y vital, lo que necesita la sociedad en sus adentros, es un posicionamiento ante su historia como parte de la memoria del mundo, para forjar la identidad ante “el otro”, para reposicionar a la familia, y con ella, al reconocimiento para la reconciliación: y para eso, es imprescindible la filosofía. Un reconocimiento a nuestros Maestros, a nuestros profesores que son, finalmente, raíces de nuestros alcances, fundadores de nuestra manera de respetar a nuestros interlocutores.
Así, la fortaleza de una buena escuela, depende de su contexto, del aire público. Decía Ortega y Gasset, que: “Si un pueblo es políticamente vil, es vano esperar nada de la escuela más perfecta” . Hay que saber que la educación necesita de un contacto con la existencia pública, con la realidad histórica, con el presente, con la actualidad a partir de las categorías que igualmente, habrá que revisar; revisar el espíritu de la letra, las dimensiones del territorio donde se imparte para saber de la diferencia, y de la construcción de la hegemonía en esa diversidad. Por ello, la descentralización educativa es urgente como necesaria, aspecto que toca directamente el laberinto de los alcances del presupuesto, que no siempre es concordante con los requerimientos reales de esa población tan específica.
Requerimientos materiales, insumos de información para la acción, para una vida docente que responda al mundo donde se encuentra nuestro país. Exigencias para la memoria histórica de cada uno de los Estados de la República.
Este esfuerzo por superar los fanatismos, los radicalismos, es un llamado a la construcción del ser, de la certeza, de la tolerancia como principios rectores de la convivencia, de la comprensión sin la condena. Chuang Tsé, lo dice así:
“¿Cómo podré hablar del mar con la rana si no ha salido de su charco?
¿Cómo podré hablar del hielo con el pájaro del estío si está retenido en su estación?
¿Cómo podré hablar con el sabio acerca de la Vida si es prisionero de su doctrina?”
Todo conocimiento es un acontecimiento que cobija la palabra, el lenguaje, la voz que es expresión del Verbo, del Logos, de los ecos milenarios que nos anteceden intra-culturalmente. Es la experiencia del espíritu la que nos permite la posibilidad de la paz en el mundo, la que nos concede quebrantar ese destino caínico que como hermanos tenemos, y que como hermanos, estamos obligados a romper, siempre, con laicidad y con la Ley.
Por ello, la templanza que proponemos se construye irrenunciablemente con el diálogo, no en el engañoso horizonte de una vida para el confort; por ello, manifestamos que, sin respeto, es imposible la educación, el derecho, la justicia y por lo tanto, la civilidad.
sábado, 16 de octubre de 2010
martes, 17 de agosto de 2010
Los problemas esenciales en comunicación
“Nosotros nos parapetamos detrás de nuestro rostro;
al loco le traiciona el suyo. El se ofrece, se denuncia a los demás.
Habiendo perdido su máscara, publica su angustia,
se la impone al primero que llega, exhibe sus enigmas.
Tanta indiscreción irrita. Es normal que se le espose y se le aísle.”
Cioran. E.M.
(Silogismos de amargura El barco de papel. Barcelona, 1986. p. 44.)
El siglo XXI está caracterizado por ser parte del proceso de globalización, del cual, a escala planetaria, nadie puede estar exento. Globalidad y mundialidad, deben de ser elementos para la complejidad de nuestro tiempo, sobre todo, para la comunicación como elementos clave de la humanidad, más allá de cualquier formulación teórica que involucre a estos conceptos y fenómenos, en discursos vacíos como estériles.
La comunicación se ha vuelto la interlocución estratégica. El mundo de los mensajes y de los símbolos, se ha transformado en una complejidad diversa, plural y heterogénea, problematizando así al anacrónico sistema del pensamiento de “los universales” dentro de una esfera, por supuesto, babélica.
Así, “el mundo” se nos presenta como un conjunto de redes de comunicación, de interacciones, de diálogos y de construcción de encuentros o desencuentros de vario linaje. Esto, como principio, es comunicación y tiempo, es decir, historia, legado, memoria y proyección. Proyección comunicacional de la decadencia política y del asequible silencio de nuestros jóvenes.
El mundo es también la generación de condiciones ante los contextos que hacen ver al presente como contingencia: es invención ante las exigencias de nuevos códigos políticos, es, en la comunicación real, artimaña y sortilegio para la recreación subjetiva de la palabra que encarna a la voz que dice, o que quiere decir.
La comunicación es el puente que une al “mundo”, es lo que lo hace unísono, es lo que lo hace vigilia ante los sueños de cada quien; es espíritu.
Como “relación” e interacción, hace posible soberanía e intersoberanías: es un espacio uni, y pluri dimensional, institucional, interinstitucional. Es un espacio concéntrico donde se aglutina como encuentro, el choque, la diferencia, lo público y por tanto, donde se concentra la violencia transformada en el espíritu mismo de la palabra. La la palabra o el verbo, es civilización.
De alguna manera comunicar es medir; es dimensionar, dar medida.
Humanamente comunicar es comunicarnos, es plural el hacer común, es decir, el llevar a la acción.
Y es que desde la antigüedad la comunicación no es la pura técnica. Es esencialmente metafísica al ser a la vez, la comunicación, una situación vital que propone escenarios, circunstancias y condiciones políticas; comunicación que implica “crisis”, es decir, ruptura. Con la comunicación se construye el conocimiento, aunque éste no posea certeza.
Con la intensión de la comunicación se construye la verdad, no con la epistemología o figura lógica alguna en política o en ética. Comunicación es posibilidad de verdad porque es alétheia como acción.
Sin embargo hoy la comunicación, ha pasado a ser meramente un instrumento ante la soledad, o ante la insaciabilidad del hedonismo que no desea, sino que simplemente se deleita en las dinámicas anónimas como mercantiles del mero momento.
La comunicación se fundió y confundió puerilmente, más como “una técnica”, que como “un principio” o postulado de “la realidad”. Y así, el a priori kantiano, quedó relegado para la mera representación de lo que se quiere, y no de lo que se debe. Esto tuvo y tiene efectos en los totalitarismos que nada contribuyen, ni en la posible igualdad entre los hombres, ni en la libertad tan anhelada en cualquier civilización, esto, en son del pragmatismo imperante que también, ha dejado miope a los disfuncionales humanismos.
Hablar de la comunicación es hablar de la conciencia, de la cultura, y por tanto, de las formulaciones con las que se construyen sus alcances en las metáforas con las que se llena el sentido de “realidad”. Si falla la palabra, tiembla lo real.
Y es que ha fallado algo en la construcción de nuestra realidad casi innombrable: y las tareas que se gestan en la Universidad, tienen responsabilidad directa en esto. La política se ha quedado sin palabras, y por tanto sin contenido ante una escenografía por cierto asquerosa-y-sin público.
Lo siniestro de la raíz de esto, da cuentas en “el principio” el Antiguo Testamento. Ahora las redes satelitales y de información en la simultaneidad, problematizan al tiempo mismo. La comunicación se volvió una paradoja insoluble, pues, al ser acción, también se volvió especulación o reflejo de un espejo impotente, e incapaz de formas en medio de máscaras para no reconocernos. La comunicación no representa dirección ni encuentro ni reconocimiento y ni siquiera presente o memoria. Comunicación económica que encierra lo falaz del terror en el mundo, ocultando y presentando la existencia que más conviene.
Las “eras” que nos envuelven a través de las mutaciones conceptuales de los símbolos, son las que designan “lo que viene”. Y esos sentidos de la expresión, son la estética del porvenir, productos de un proceso que hay que descifrar: esto abrirá las pistas suficientes para revelar cómo, y con qué elementos, se está ideando la neo-narrativa en el lenguaje, en la palabra, y por tanto, en el laberinto dónde nos encontramos.
al loco le traiciona el suyo. El se ofrece, se denuncia a los demás.
Habiendo perdido su máscara, publica su angustia,
se la impone al primero que llega, exhibe sus enigmas.
Tanta indiscreción irrita. Es normal que se le espose y se le aísle.”
Cioran. E.M.
(Silogismos de amargura El barco de papel. Barcelona, 1986. p. 44.)
El siglo XXI está caracterizado por ser parte del proceso de globalización, del cual, a escala planetaria, nadie puede estar exento. Globalidad y mundialidad, deben de ser elementos para la complejidad de nuestro tiempo, sobre todo, para la comunicación como elementos clave de la humanidad, más allá de cualquier formulación teórica que involucre a estos conceptos y fenómenos, en discursos vacíos como estériles.
La comunicación se ha vuelto la interlocución estratégica. El mundo de los mensajes y de los símbolos, se ha transformado en una complejidad diversa, plural y heterogénea, problematizando así al anacrónico sistema del pensamiento de “los universales” dentro de una esfera, por supuesto, babélica.
Así, “el mundo” se nos presenta como un conjunto de redes de comunicación, de interacciones, de diálogos y de construcción de encuentros o desencuentros de vario linaje. Esto, como principio, es comunicación y tiempo, es decir, historia, legado, memoria y proyección. Proyección comunicacional de la decadencia política y del asequible silencio de nuestros jóvenes.
El mundo es también la generación de condiciones ante los contextos que hacen ver al presente como contingencia: es invención ante las exigencias de nuevos códigos políticos, es, en la comunicación real, artimaña y sortilegio para la recreación subjetiva de la palabra que encarna a la voz que dice, o que quiere decir.
La comunicación es el puente que une al “mundo”, es lo que lo hace unísono, es lo que lo hace vigilia ante los sueños de cada quien; es espíritu.
Como “relación” e interacción, hace posible soberanía e intersoberanías: es un espacio uni, y pluri dimensional, institucional, interinstitucional. Es un espacio concéntrico donde se aglutina como encuentro, el choque, la diferencia, lo público y por tanto, donde se concentra la violencia transformada en el espíritu mismo de la palabra. La la palabra o el verbo, es civilización.
De alguna manera comunicar es medir; es dimensionar, dar medida.
Humanamente comunicar es comunicarnos, es plural el hacer común, es decir, el llevar a la acción.
Y es que desde la antigüedad la comunicación no es la pura técnica. Es esencialmente metafísica al ser a la vez, la comunicación, una situación vital que propone escenarios, circunstancias y condiciones políticas; comunicación que implica “crisis”, es decir, ruptura. Con la comunicación se construye el conocimiento, aunque éste no posea certeza.
Con la intensión de la comunicación se construye la verdad, no con la epistemología o figura lógica alguna en política o en ética. Comunicación es posibilidad de verdad porque es alétheia como acción.
Sin embargo hoy la comunicación, ha pasado a ser meramente un instrumento ante la soledad, o ante la insaciabilidad del hedonismo que no desea, sino que simplemente se deleita en las dinámicas anónimas como mercantiles del mero momento.
La comunicación se fundió y confundió puerilmente, más como “una técnica”, que como “un principio” o postulado de “la realidad”. Y así, el a priori kantiano, quedó relegado para la mera representación de lo que se quiere, y no de lo que se debe. Esto tuvo y tiene efectos en los totalitarismos que nada contribuyen, ni en la posible igualdad entre los hombres, ni en la libertad tan anhelada en cualquier civilización, esto, en son del pragmatismo imperante que también, ha dejado miope a los disfuncionales humanismos.
Hablar de la comunicación es hablar de la conciencia, de la cultura, y por tanto, de las formulaciones con las que se construyen sus alcances en las metáforas con las que se llena el sentido de “realidad”. Si falla la palabra, tiembla lo real.
Y es que ha fallado algo en la construcción de nuestra realidad casi innombrable: y las tareas que se gestan en la Universidad, tienen responsabilidad directa en esto. La política se ha quedado sin palabras, y por tanto sin contenido ante una escenografía por cierto asquerosa-y-sin público.
Lo siniestro de la raíz de esto, da cuentas en “el principio” el Antiguo Testamento. Ahora las redes satelitales y de información en la simultaneidad, problematizan al tiempo mismo. La comunicación se volvió una paradoja insoluble, pues, al ser acción, también se volvió especulación o reflejo de un espejo impotente, e incapaz de formas en medio de máscaras para no reconocernos. La comunicación no representa dirección ni encuentro ni reconocimiento y ni siquiera presente o memoria. Comunicación económica que encierra lo falaz del terror en el mundo, ocultando y presentando la existencia que más conviene.
Las “eras” que nos envuelven a través de las mutaciones conceptuales de los símbolos, son las que designan “lo que viene”. Y esos sentidos de la expresión, son la estética del porvenir, productos de un proceso que hay que descifrar: esto abrirá las pistas suficientes para revelar cómo, y con qué elementos, se está ideando la neo-narrativa en el lenguaje, en la palabra, y por tanto, en el laberinto dónde nos encontramos.
domingo, 1 de agosto de 2010
Derechos Humanos a 60 años de su proclamación
Los Derechos Humanos son parte de la agenda crucial en toda democracia contemporánea; son columna vertebral del hacer de la sociedad civil y de todos y cada uno de los Poderes de Estado. Por tanto, son una responsabilidad que a todos nos toca resguardar para mejorar, tanto nuestra civilidad, como nuestra humanidad. Son una pieza clave en la arquitectura del derecho del siglo XXI.
Al tener tal importancia en lo legal, los Derechos Humanos tienen una relevancia capital en lo político. Y aquí, lo político y lo jurídico, son unidad.
Los Derechos Humanos son los elementos de vanguardia con los que se compone toda tesitura del derecho de avanzada. Así se ha manifestado en los temas de la agenda, de esta IV legislatura del Distrito Federal.
Y es que en este año, se cumplen los primeros sesenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Acontecimiento fundamental para nuestro tiempo. Proclamación que se dio el 10 de diciembre de 1948, y que ha tenido repercusiones importantes en las normas modernas, tanto del derecho internacional, como de los nacionales en prácticamente todo el mundo.
Desde aquella Declaración, el concierto de las naciones nos ha exigido una madurez cada vez más conspicua, sobre todo, a escala institucional en los más diversos órdenes de la vida de Estado.
Por ello, entre nosotros asumimos el deber de plantearnos los enormes retos que tenemos de frente, con las armas que nos da la Ley, las Garantías, los Derechos Humanos ante la injusticia que aqueja a nuestros semejantes, sobre todo en la vulnerabilidad que se muestra con la inequidad económica y hasta intelectual, en las más diversas trincheras de sus vidas, de nuestras geografías.
Injusticia e inseguridad que han envuelto a la conciencia social en el temor y por tanto, en la reacción violenta ante la ineficacia de las instituciones que hoy guardan en su lenguaje ser, si acaso una tumba vacía de una democracia para otro día.
Y sin embargo, los derechos humanos como punta del ahínco humano toca fenómenos no menos complejos que los de seguridad. El tema de los migrantes, de los transmigrantes, de los inmigrantes es complejísimo pero siempre atañe, por ejemplo, al de los derechos humanos.
Temas que se conjugan con los de los siniestros caminos que existen en los reclusorios del país: particularmente con los que tenemos en el Distrito Federal. ¿Qué hemos hecho, y qué haremos con ese mundo que inunda con sus problemas, los que tenemos ahora mismo aquí, en la vida civil, sobre todo a escala internacional en materia de Derechos Humanos?
Los hechos agravan a la realidad. La tortura siendo un hecho aún oculto, no deja de ser una herida en la conciencia de quienes la padecen, que a fin de cuentas somos todos.
Signos de una civilidad que urge construir con otros elementos, con otros cánones que deben rebasar los alcances del sistema penal de esta capital que es, el que inmiscuye a prácticamente todos los Poderes.
A ese respecto hemos muy recientemente propuesto una Ley para prevenir y sancionar la tortura en nuestra ciudad capital, ángulo tan importante e imprescindible que será un avance significativo para la vida integral de toda la comunidad.
Tortura, migración, reclusión, son sólo algunos de los temas que abren otros para pensar en una posible creación de una visitaduría de Derechos Humanos para el Distrito Federal, en tanto que apremia hacer algo ante la impunidad existente, ante la corrupción imperante en esos laberintos que no conocen salida alguna.
El legado para todos es aprender a trabajar en conjunto. La pluralidad también es obra de los Derechos Humanos consagrados en nuestra Carta Magna. En ese sentido, los avances legales que hemos tenido, son los del derecho positivo que marcan su sentido en los de la dignidad humana.
Dignidad como derecho positivo en los Derechos Humanos que exige el respeto a la libertad de creencia, de pensamiento y de conciencia (artículo 18).
Reconceptualizar la dignidad con el derecho, es tarea de todos los Poderes en los hechos que a cada uno le dan su razón de ser; reconceptualizar es reordenar al lenguaje como sensibilidad de lo contemporáneo.
Así, las transmutaciones que ha tenido el derecho positivo en el mundo, dan la pauta igualmente a pensar en el derecho inalienable que se tiene, a decidir por uno mismo en todos los temas fundamentales de nuestro tiempo histórico.
Ese esquema que abre el tema de la libertad, es la esencia de los Derechos Humanos. Norma que problematiza el estado de la normalidad del mundo y del sujeto; que problematiza los límites de la identidad y de los límites que tenemos a decidir lo inindecidible; normalidad que se propone como tal en los senderos de la historicidad al que estamos sujetos todos en Occidente.
Hay que abrir las posibilidades a que el derecho cobije al que no sabe de sí mismo y que igual que todos, exige respeto; al que no tiene posibilidad de voz, pero que tiene integridad en lo que nos puede decir. Ese es el tema que nos espera de manera inmediata también para regular el poder ante la ciudadanía. Codificaciones con la comunicación, con el diálogo y con la ley.
Joseph Ratzinger lo dice así: “El diálogo es más que un intercambio de ideas, más que una empresa académica: es un intercambio de dones”.
Por lo demás, los temas que se desprenden de los de la libertad, siempre serán tierra fértil para seguir trabajando unidos.
Al tener tal importancia en lo legal, los Derechos Humanos tienen una relevancia capital en lo político. Y aquí, lo político y lo jurídico, son unidad.
Los Derechos Humanos son los elementos de vanguardia con los que se compone toda tesitura del derecho de avanzada. Así se ha manifestado en los temas de la agenda, de esta IV legislatura del Distrito Federal.
Y es que en este año, se cumplen los primeros sesenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Acontecimiento fundamental para nuestro tiempo. Proclamación que se dio el 10 de diciembre de 1948, y que ha tenido repercusiones importantes en las normas modernas, tanto del derecho internacional, como de los nacionales en prácticamente todo el mundo.
Desde aquella Declaración, el concierto de las naciones nos ha exigido una madurez cada vez más conspicua, sobre todo, a escala institucional en los más diversos órdenes de la vida de Estado.
Por ello, entre nosotros asumimos el deber de plantearnos los enormes retos que tenemos de frente, con las armas que nos da la Ley, las Garantías, los Derechos Humanos ante la injusticia que aqueja a nuestros semejantes, sobre todo en la vulnerabilidad que se muestra con la inequidad económica y hasta intelectual, en las más diversas trincheras de sus vidas, de nuestras geografías.
Injusticia e inseguridad que han envuelto a la conciencia social en el temor y por tanto, en la reacción violenta ante la ineficacia de las instituciones que hoy guardan en su lenguaje ser, si acaso una tumba vacía de una democracia para otro día.
Y sin embargo, los derechos humanos como punta del ahínco humano toca fenómenos no menos complejos que los de seguridad. El tema de los migrantes, de los transmigrantes, de los inmigrantes es complejísimo pero siempre atañe, por ejemplo, al de los derechos humanos.
Temas que se conjugan con los de los siniestros caminos que existen en los reclusorios del país: particularmente con los que tenemos en el Distrito Federal. ¿Qué hemos hecho, y qué haremos con ese mundo que inunda con sus problemas, los que tenemos ahora mismo aquí, en la vida civil, sobre todo a escala internacional en materia de Derechos Humanos?
Los hechos agravan a la realidad. La tortura siendo un hecho aún oculto, no deja de ser una herida en la conciencia de quienes la padecen, que a fin de cuentas somos todos.
Signos de una civilidad que urge construir con otros elementos, con otros cánones que deben rebasar los alcances del sistema penal de esta capital que es, el que inmiscuye a prácticamente todos los Poderes.
A ese respecto hemos muy recientemente propuesto una Ley para prevenir y sancionar la tortura en nuestra ciudad capital, ángulo tan importante e imprescindible que será un avance significativo para la vida integral de toda la comunidad.
Tortura, migración, reclusión, son sólo algunos de los temas que abren otros para pensar en una posible creación de una visitaduría de Derechos Humanos para el Distrito Federal, en tanto que apremia hacer algo ante la impunidad existente, ante la corrupción imperante en esos laberintos que no conocen salida alguna.
El legado para todos es aprender a trabajar en conjunto. La pluralidad también es obra de los Derechos Humanos consagrados en nuestra Carta Magna. En ese sentido, los avances legales que hemos tenido, son los del derecho positivo que marcan su sentido en los de la dignidad humana.
Dignidad como derecho positivo en los Derechos Humanos que exige el respeto a la libertad de creencia, de pensamiento y de conciencia (artículo 18).
Reconceptualizar la dignidad con el derecho, es tarea de todos los Poderes en los hechos que a cada uno le dan su razón de ser; reconceptualizar es reordenar al lenguaje como sensibilidad de lo contemporáneo.
Así, las transmutaciones que ha tenido el derecho positivo en el mundo, dan la pauta igualmente a pensar en el derecho inalienable que se tiene, a decidir por uno mismo en todos los temas fundamentales de nuestro tiempo histórico.
Ese esquema que abre el tema de la libertad, es la esencia de los Derechos Humanos. Norma que problematiza el estado de la normalidad del mundo y del sujeto; que problematiza los límites de la identidad y de los límites que tenemos a decidir lo inindecidible; normalidad que se propone como tal en los senderos de la historicidad al que estamos sujetos todos en Occidente.
Hay que abrir las posibilidades a que el derecho cobije al que no sabe de sí mismo y que igual que todos, exige respeto; al que no tiene posibilidad de voz, pero que tiene integridad en lo que nos puede decir. Ese es el tema que nos espera de manera inmediata también para regular el poder ante la ciudadanía. Codificaciones con la comunicación, con el diálogo y con la ley.
Joseph Ratzinger lo dice así: “El diálogo es más que un intercambio de ideas, más que una empresa académica: es un intercambio de dones”.
Por lo demás, los temas que se desprenden de los de la libertad, siempre serán tierra fértil para seguir trabajando unidos.
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Algo sobre Derechos Humanos
martes, 20 de julio de 2010
La paz de los sepulcros
La trágica historia del pensamiento humano
no es sino la de una lucha entre la razón y la vida...
Unamuno.
Una civilización existe por su espíritu. Sus dimensiones y las herencias que nos transmiten sus alcances, se miden en la calidad de sus diversas formas de existir y de vivir. La vida humana sin la mesura de las medidas de su cultura, no alcanza ser una real vida humana. No basta estar para “ser”, para ser “seres humanos” hay que conquistar una vida humana, es decir, digna.
Las materialidades de las funciones políticas y públicas de nuestro tiempo, le han dado forma a cierta futilidad del Estado dejando tras de sí a la esencia de la fraternidad ante la ganancia. Y la factura no se ha hecho esperar: una sociedad “preparada” desde sus cimientos (es decir, desde sus bases educativas) hacia una ética comercial, difícilmente podrá mantener un régimen de la concordia e incluso, de la honestidad.
La forma de “ver” se aprende. La manera de asumir a la realidad no puede (o quizá simplemente no debe) ser la frialdad ante la desdicha ajena. Lo que está en juego en esto, es un posible sentido de vivir; un vivir para algo; una misión individual y personal que aspire a la dimensión de lo público no es cualquier cosa sino para personalidades fuera de lo común: para hombres principales (tan ausentes entre nosotros).
El sentido de la vida pública y política más allá de los ángulos utilitaristas de la fría eficacia como forma de gobernar, deben asomarse a la estética fundamental de la ética con la que se vive en esta “vanidad de vanidades”.
Habrá que despejar el enigmático sentido de “la pobreza” que se nos presenta como un problema académico únicamente, y no como una forma de consumo de servicios ante el Estado que plantee, una dicotomía, ese falso problema y ese fenómeno como negocio. Ciertamente los marxismos son hoy anacrónicos, insuficientes, pero paralelamente decirlo y afirmarlo también hoy, es insuficiente.
Los esquemas de los movimientos de las clases pudientes, hoy son un franco simbolismo de cierto parasitismo cuando ellas no develan la importancia que existe en la diferencia entre el hombre útil y “el utensilio”. Pero a la vez, tampoco podemos darnos a la tarea de apologetizar a los movimientos de las clases más desprotegidas sin más, aunque los sectores sociales que tienen un conocimiento más acabado de la realidad sin duda, tienen más responsabilidad sobre las otras.
La responsabilidad de encaminar a un “pueblo” hacia cierta dirección es tarea compleja de múltiples factores. La putrefacción de los sistemas políticos de Occidente toca límites en los dogmas con los que se realiza su acción. Un pueblo –sin esa connotación demagógica que siempre se le da a esta palabra- sin educación, no podrá ser gobernado. Y por pueblo entiéndase toda una gama de diferentes capas sociales. La sociedad en su conjunto podrá tener otros senderos cuando quienes les habla (esos protagonistas eclesiásticos, académicos, medios de comunicación) es quien aspire a tocar esa posibilidad de hacer de otra manera las cosas: dar lo mejor de sí.
Pero mientras tanto las vocaciones están dormidas, domesticadas en un porvenir de corto alcance. Más parece que en esas casas, lujosas o no, se respira una paz sin esperanza, como si ellas fueran un sepulcro.
no es sino la de una lucha entre la razón y la vida...
Unamuno.
Una civilización existe por su espíritu. Sus dimensiones y las herencias que nos transmiten sus alcances, se miden en la calidad de sus diversas formas de existir y de vivir. La vida humana sin la mesura de las medidas de su cultura, no alcanza ser una real vida humana. No basta estar para “ser”, para ser “seres humanos” hay que conquistar una vida humana, es decir, digna.
Las materialidades de las funciones políticas y públicas de nuestro tiempo, le han dado forma a cierta futilidad del Estado dejando tras de sí a la esencia de la fraternidad ante la ganancia. Y la factura no se ha hecho esperar: una sociedad “preparada” desde sus cimientos (es decir, desde sus bases educativas) hacia una ética comercial, difícilmente podrá mantener un régimen de la concordia e incluso, de la honestidad.
La forma de “ver” se aprende. La manera de asumir a la realidad no puede (o quizá simplemente no debe) ser la frialdad ante la desdicha ajena. Lo que está en juego en esto, es un posible sentido de vivir; un vivir para algo; una misión individual y personal que aspire a la dimensión de lo público no es cualquier cosa sino para personalidades fuera de lo común: para hombres principales (tan ausentes entre nosotros).
El sentido de la vida pública y política más allá de los ángulos utilitaristas de la fría eficacia como forma de gobernar, deben asomarse a la estética fundamental de la ética con la que se vive en esta “vanidad de vanidades”.
Habrá que despejar el enigmático sentido de “la pobreza” que se nos presenta como un problema académico únicamente, y no como una forma de consumo de servicios ante el Estado que plantee, una dicotomía, ese falso problema y ese fenómeno como negocio. Ciertamente los marxismos son hoy anacrónicos, insuficientes, pero paralelamente decirlo y afirmarlo también hoy, es insuficiente.
Los esquemas de los movimientos de las clases pudientes, hoy son un franco simbolismo de cierto parasitismo cuando ellas no develan la importancia que existe en la diferencia entre el hombre útil y “el utensilio”. Pero a la vez, tampoco podemos darnos a la tarea de apologetizar a los movimientos de las clases más desprotegidas sin más, aunque los sectores sociales que tienen un conocimiento más acabado de la realidad sin duda, tienen más responsabilidad sobre las otras.
La responsabilidad de encaminar a un “pueblo” hacia cierta dirección es tarea compleja de múltiples factores. La putrefacción de los sistemas políticos de Occidente toca límites en los dogmas con los que se realiza su acción. Un pueblo –sin esa connotación demagógica que siempre se le da a esta palabra- sin educación, no podrá ser gobernado. Y por pueblo entiéndase toda una gama de diferentes capas sociales. La sociedad en su conjunto podrá tener otros senderos cuando quienes les habla (esos protagonistas eclesiásticos, académicos, medios de comunicación) es quien aspire a tocar esa posibilidad de hacer de otra manera las cosas: dar lo mejor de sí.
Pero mientras tanto las vocaciones están dormidas, domesticadas en un porvenir de corto alcance. Más parece que en esas casas, lujosas o no, se respira una paz sin esperanza, como si ellas fueran un sepulcro.
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Otra reflexión para ustedes
miércoles, 23 de junio de 2010
RESONANCIAS

En la vejez aprendemos a olvidar.Ernest Bloch.
Un pueblo o un hombre que no sabe de dónde viene, jamás podrá saber a dónde va. La construcción del porvenir en gran medida, viene de las raíces. Y en el proyecto educativo de una nación sería un error fatal hacer a un lado la memoria de un pueblo. Repasar la historia, mantenerla viva, es un primer fundamento para entender lo que se percibe como presente. Entender para comprender. Comprender como actitud y aptitud ante la realidad como eje problemático en las aristas que importan en nuestros vectores, es inmiscuirnos participativamente ante la sociedad. Ver el nuevo pasado de México, es encarnar la actualización más objetiva de “lo que fue”.
La riqueza de la enorme acumulación de la era del Virreinato que guarda la Nueva España debe ser atendida; los mundos mesoamericanos, no deben ser descuidados ante la vorágine de estos tiempos que exigen tendencias entre globalidad e identidad. La historia importa por que es de ahí de donde proviene un sentido posible entre nosotros, inmerso, en la producción mundial de los acontecimientos en esta era de la simultaneidad y de la ganancia.
Atender los senderos más íntimos que guardan los problemas a los que se enfrenta la educación, es valorar la dinámica del movimiento de la cultura en su quehacer que importa. La constante renovación de la producción cognitiva, tendrá que ser sopesada, no sólo como acumulación de la memoria para los claustros educativos, sino también, como elementos para las propuestas sociales y políticas que requiere la acción.
La literatura es una expresión del tiempo que inspira torrentes que por instantes son atemporales. Las gotas de la lluvia divina de las letras que caen en suelo fértil, tienen productos, frutos que nutren la magnificencia del Espíritu que dictamina sentido con ellas. Pero el peligro funesto que se presenta ante la ausencia de lo clásico de la cultura, radica en no darle vida ni a las letras ni a la memoria en los laberintos de encontrar al humanismo como ornato y no, como un instrumento para la civilidad.
Dictar clases de historia, no es suficiente cuando éstas se conforman con memorizar sin la reflexión. La política no puede ser sintetizada en ser una mera instrumentalización de la utilización –sin más- ni de los recursos materiales, ni de los culturales como si unos u otros fuesen los patrimonios de “la administración en turno”. Las anomalías que muestran los niveles de quienes proponen cambios sustantivos y sustanciales en la enseñanza de la historia en México, son dramáticos y lamentables. Bastaría re-encontrarnos con la pluma de Mariano Otero, de Justo Sierra, o de Alfonso Reyes –entre muchos otros- para re-formular el destino hoy incierto del futuro de México.
jueves, 17 de junio de 2010
VENTANAS DE LA DEMOCRACIA
Haz lo que quieras,
Pero hazlo con amor.
San Agustín.
La democracia no es sólo un procedimiento aritmético; no es sólo un asunto electoral. La democracia es una forma de hacer las cosas; es –entre otras cosas- un conjunto de procedimientos legales para esclarecer los problemas en el marco de la vida de un pueblo concreto.
El mundo, en materia política experimentó una de sus transformaciones más significativas desde la era de la “caída de los muros” y en México, estas mutaciones tuvieron ecos importantes con la finalización del sistema hegemónico.
Sin embargo, los alcances de los cambios que vivimos en México aún son paradójicos y desconcertantes aunados éstos, al descomunal clima de violencia que vive hoy toda la República mexicana. Violencia que se gesta a raíz de errores políticos y de complicidades copulares que muestran la descomposición del funcionamiento institucional de la vida pública nacional.
El tema de la “inseguridad” que invade a todos los sectores sociales, es una de las aristas que también nos hablan de cierta patología social, pero a la vez, de una franca ineficacia institucional ante los embates de nuestro tiempo.
¿Está fallando la democracia? La democracia no es garantía de solucionar problemas, sino de esclarecerlos, de presentarlos, de asumirlos. Presentar a la democracia como una promesa que todo lo puede es demagogia. Hay que construir constantemente al contrincante, al interlocutor en la democracia. El que ve a la democracia política como una forma de fulminar al “adversario”, termina teniendo enemigos y no interlocutores.
La democracia no es la guerra, sino tierra fértil dónde la palabra es vital. El argumento ante las balas es política; el contenido del verbo ante la violencia, es la comprensión. Las lecturas de tener principios son impostergables ante los dictados de los hombres principales de la vida pública de una nación.
Habrá que no perdernos en las modas de las encuestas y de los resultados de salida de la democracia más elemental que se nos presenta (la electoral como premisa de asumir a la democracia como un conjunto de métodos) porque la democracia no es un negocio.
Un Estado no puede, no debe ser gobernado como si fuera un supermercado o como una empresa donde las ganancias se cuenten bajo el imperio de la pura eficacia. Las coaliciones y las alianzas, serán legítimas cuando esté en juego en ellas el debate y la disertación de las ideas como proyectos políticos ante las sociedades y no sólo sean éstas los instrumentos para acumular votos y no razones.
Evidentemente las raíces de lo anterior son profundas para meditar una transición hacia una democracia más auténtica y no por ello, menos aritmética como efecto de un consenso desconcertante. Para ello, es indispensable poner atención en los alcances del proyecto educativo que tenemos y que podemos tener. La reforma del Estado, a propósito de los alcances de la democracia y de nuestros problemas en medio de la violencia, debe contemplar ser una reforma educativa integral pues, es ahí donde se pueden depositar los mejores y más grandes alcances de un pueblo.
Pero hazlo con amor.
San Agustín.
La democracia no es sólo un procedimiento aritmético; no es sólo un asunto electoral. La democracia es una forma de hacer las cosas; es –entre otras cosas- un conjunto de procedimientos legales para esclarecer los problemas en el marco de la vida de un pueblo concreto.
El mundo, en materia política experimentó una de sus transformaciones más significativas desde la era de la “caída de los muros” y en México, estas mutaciones tuvieron ecos importantes con la finalización del sistema hegemónico.
Sin embargo, los alcances de los cambios que vivimos en México aún son paradójicos y desconcertantes aunados éstos, al descomunal clima de violencia que vive hoy toda la República mexicana. Violencia que se gesta a raíz de errores políticos y de complicidades copulares que muestran la descomposición del funcionamiento institucional de la vida pública nacional.
El tema de la “inseguridad” que invade a todos los sectores sociales, es una de las aristas que también nos hablan de cierta patología social, pero a la vez, de una franca ineficacia institucional ante los embates de nuestro tiempo.
¿Está fallando la democracia? La democracia no es garantía de solucionar problemas, sino de esclarecerlos, de presentarlos, de asumirlos. Presentar a la democracia como una promesa que todo lo puede es demagogia. Hay que construir constantemente al contrincante, al interlocutor en la democracia. El que ve a la democracia política como una forma de fulminar al “adversario”, termina teniendo enemigos y no interlocutores.
La democracia no es la guerra, sino tierra fértil dónde la palabra es vital. El argumento ante las balas es política; el contenido del verbo ante la violencia, es la comprensión. Las lecturas de tener principios son impostergables ante los dictados de los hombres principales de la vida pública de una nación.
Habrá que no perdernos en las modas de las encuestas y de los resultados de salida de la democracia más elemental que se nos presenta (la electoral como premisa de asumir a la democracia como un conjunto de métodos) porque la democracia no es un negocio.
Un Estado no puede, no debe ser gobernado como si fuera un supermercado o como una empresa donde las ganancias se cuenten bajo el imperio de la pura eficacia. Las coaliciones y las alianzas, serán legítimas cuando esté en juego en ellas el debate y la disertación de las ideas como proyectos políticos ante las sociedades y no sólo sean éstas los instrumentos para acumular votos y no razones.
Evidentemente las raíces de lo anterior son profundas para meditar una transición hacia una democracia más auténtica y no por ello, menos aritmética como efecto de un consenso desconcertante. Para ello, es indispensable poner atención en los alcances del proyecto educativo que tenemos y que podemos tener. La reforma del Estado, a propósito de los alcances de la democracia y de nuestros problemas en medio de la violencia, debe contemplar ser una reforma educativa integral pues, es ahí donde se pueden depositar los mejores y más grandes alcances de un pueblo.
jueves, 27 de mayo de 2010
CONTRASTES
Los cíclopes no tratan en juntas ni saben de normas de justicia;
las cumbres habitan de excelsas montañas,
de sus cuevas haciendo mansión;
cada cual da ley a su esposa y sus hijos sin más y no piensa en los otros.
Homero.
No es lo mismo “política” que “administración”. La política no es sólo un asunto de administrar recursos (públicos) sino la dirección de ellos mismos. México, instalado en un cúmulo de constantes contradicciones y paradojas, hoy se presenta como una manifestación de apariencias (¿o de engaños?) que hacen no coincidir lo que se dice con lo que se vive en medio de espectros en los discursos.
La macroeconomía ha dejado de ser un dato real frente al desempleo alarmante en prácticamente, todo el país. Los niveles que ha adquirido el subempleo, retan prácticamente cualquier discurso oficial dejando muy a tras las promesas de nuestros “políticos” en sus tiempos de campaña. Los ejes de la economía informal acrecentan las arcas de los grandes comerciantes y el reparto de la renta entre las mayorías, es –hoy por hoy- una bomba de tiempo si se combina ésta, con los niveles de la paupérrima educación también accesible de esas mayorías.
Hemos comenzado a expandir formas de “ganancia” en el comercio informal que no excluyen a las nuevas generaciones de jóvenes profesionistas que no encuentran salida ni legítima ni legal, en el mercado de trabajo acorde, tanto a su formación, como a las exigencias mismas de México. Un pueblo que sin duda tiene talento se nos va de las manos: y se diluye en el tiempo (esa esperanza y esa mina que es la juventud) como una utopía en el viento.
El planeta dividido con sus fronteras hace que no sea lo mismo trabajar en Estados Unidos que en nuestro país. “Las fronteras”. Fronteras no sólo geopolíticas, sino fronteras desconcertantes en la medida que hacen de tal diferencia: abismos impresionantes bajo el “mismo” cielo y la “misma” tierra. La riqueza del país en verdad que no sólo está en sus recursos naturales, sino en sus hombres, en el alcance de la cultura de un pueblo.
Pero los burocratismos inmovilizadores y las cofradías selectivas, abren las puertas a la incapacidad de hacer “mejor” a nuestra sociedad que ha tolerado todo esto también, de una manera casi piadosa (y no fortuitamente, habría que revisar la historia política e institucional de México); mafias y élites que siendo casi dueñas de lo que hay, también quisieran ser dueñas de nuestras vidas, de nuestro destino, de nuestra voluntad y hasta de nuestras mujeres.
Incapaces de gobernar se conforman con administrar; incapaces de la política, los hombres en puestos principales, se dedican a acumular lo que pueden sin saber del peso de la historia. Y vemos arrastrarse incluso a “los mejores” por unas monedas, faltos de dignidad y de hombría al no tener vida propia.
Sectarismos, pandillas, bandas y hordas que hunden al país en lo que vemos, por ejemplo, en lo que toca a la “selección mexicana” en Sudáfrica. Podemos no ser los mejores en uno, o en dos, tal vez en tres aspectos deportivos, ¿pero será posible que en todos estemos perdidos y sólo podamos ser “campeones paralímpicos”?
¿Qué sucede? La expresión y la fuerza de la juventud sin el aliento del espíritu sólo será “violencia”. Es una obligación que lo sepan los individuos (hombres y mujeres, sin entrar en el detalle simplista de dividir a los chiquillos de las chiquillas), los hombres de Estado que teniendo su curul o estando en el sillón de gobierno, sepan que tienen obligaciones ante el tiempo histórico que guarda México.
Un sistema político y un sistema de gobierno ineficaz seguirán dejando ir a los mejores de nuestro país a otros lugares del mundo. La idea del centralismo republicano parece que no dejó huellas entre nosotros al seguir reproduciendo sus esquemas como en una inercia irracional en este tiempo; el federalismo y la construcción de una República en estos tiempos globales, deben medir el peso real de las autonomías políticas y de las soberanías jurídico-económicas de las entidades de todo el país.
México, nuestro país en donde el talento es un producto más a exportar, guarda de veras contrastes inquietantes que exigen respuestas urgentes, importantes. Basta de esos equívocos siniestros que pagamos todos.
las cumbres habitan de excelsas montañas,
de sus cuevas haciendo mansión;
cada cual da ley a su esposa y sus hijos sin más y no piensa en los otros.
Homero.
No es lo mismo “política” que “administración”. La política no es sólo un asunto de administrar recursos (públicos) sino la dirección de ellos mismos. México, instalado en un cúmulo de constantes contradicciones y paradojas, hoy se presenta como una manifestación de apariencias (¿o de engaños?) que hacen no coincidir lo que se dice con lo que se vive en medio de espectros en los discursos.
La macroeconomía ha dejado de ser un dato real frente al desempleo alarmante en prácticamente, todo el país. Los niveles que ha adquirido el subempleo, retan prácticamente cualquier discurso oficial dejando muy a tras las promesas de nuestros “políticos” en sus tiempos de campaña. Los ejes de la economía informal acrecentan las arcas de los grandes comerciantes y el reparto de la renta entre las mayorías, es –hoy por hoy- una bomba de tiempo si se combina ésta, con los niveles de la paupérrima educación también accesible de esas mayorías.
Hemos comenzado a expandir formas de “ganancia” en el comercio informal que no excluyen a las nuevas generaciones de jóvenes profesionistas que no encuentran salida ni legítima ni legal, en el mercado de trabajo acorde, tanto a su formación, como a las exigencias mismas de México. Un pueblo que sin duda tiene talento se nos va de las manos: y se diluye en el tiempo (esa esperanza y esa mina que es la juventud) como una utopía en el viento.
El planeta dividido con sus fronteras hace que no sea lo mismo trabajar en Estados Unidos que en nuestro país. “Las fronteras”. Fronteras no sólo geopolíticas, sino fronteras desconcertantes en la medida que hacen de tal diferencia: abismos impresionantes bajo el “mismo” cielo y la “misma” tierra. La riqueza del país en verdad que no sólo está en sus recursos naturales, sino en sus hombres, en el alcance de la cultura de un pueblo.
Pero los burocratismos inmovilizadores y las cofradías selectivas, abren las puertas a la incapacidad de hacer “mejor” a nuestra sociedad que ha tolerado todo esto también, de una manera casi piadosa (y no fortuitamente, habría que revisar la historia política e institucional de México); mafias y élites que siendo casi dueñas de lo que hay, también quisieran ser dueñas de nuestras vidas, de nuestro destino, de nuestra voluntad y hasta de nuestras mujeres.
Incapaces de gobernar se conforman con administrar; incapaces de la política, los hombres en puestos principales, se dedican a acumular lo que pueden sin saber del peso de la historia. Y vemos arrastrarse incluso a “los mejores” por unas monedas, faltos de dignidad y de hombría al no tener vida propia.
Sectarismos, pandillas, bandas y hordas que hunden al país en lo que vemos, por ejemplo, en lo que toca a la “selección mexicana” en Sudáfrica. Podemos no ser los mejores en uno, o en dos, tal vez en tres aspectos deportivos, ¿pero será posible que en todos estemos perdidos y sólo podamos ser “campeones paralímpicos”?
¿Qué sucede? La expresión y la fuerza de la juventud sin el aliento del espíritu sólo será “violencia”. Es una obligación que lo sepan los individuos (hombres y mujeres, sin entrar en el detalle simplista de dividir a los chiquillos de las chiquillas), los hombres de Estado que teniendo su curul o estando en el sillón de gobierno, sepan que tienen obligaciones ante el tiempo histórico que guarda México.
Un sistema político y un sistema de gobierno ineficaz seguirán dejando ir a los mejores de nuestro país a otros lugares del mundo. La idea del centralismo republicano parece que no dejó huellas entre nosotros al seguir reproduciendo sus esquemas como en una inercia irracional en este tiempo; el federalismo y la construcción de una República en estos tiempos globales, deben medir el peso real de las autonomías políticas y de las soberanías jurídico-económicas de las entidades de todo el país.
México, nuestro país en donde el talento es un producto más a exportar, guarda de veras contrastes inquietantes que exigen respuestas urgentes, importantes. Basta de esos equívocos siniestros que pagamos todos.
martes, 11 de mayo de 2010
Carta a los jóvenes de México
La esencia de una sociedad es su juventud. Ser joven es ser esencial.
Y es que el centro de lo esencial, está en el entusiasmo, en la fortaleza con la que se hacen las cosas. Hacer las cosas con el pensamiento es la madurez de la juventud. Sin el pensamiento, la acción es peligrosa, sin la acción el pensamiento es estéril.
Hay que saber combinar para encontrar, para propiciar equilibrios: la vida demanda equilibrios en son de una vida para la equidad. Equidad como vocación para madurar ante una sociedad que nos exige sensatez.
Sabemos que los jóvenes están sedientos de justicia, y que esa sed, propia del ser joven, es la dinámica que guarda la impaciencia de ser adultos. Pero la injusticia no tiene ninguna justificación ni aquí ni en ningún lugar.
Velocidades asimétricas son las que vivimos todos los días los jóvenes. Jóvenes que protestan y que viven la protesta como parte de la historia de su individualidad en la colectividad.
Colectividad que en más de las veces, no logra ser conectividad. Colectividad social que coarta la esperanza del ser joven. Hay que buscar remedios.
La impaciencia se agota. Y luego llega la decepción y entonces aparece la apatía del atardecer del entusiasmo que deja de ser ingenuo. Por ello exigimos renovar los entusiasmos en medio de la contingencia de la vida cotidiana o no, para combatir la apatía y la indiferencia.
Hay que combatir esa pobreza de espíritu. Los jóvenes deben de encabezar lo más loable de la sociedad, pues en ellos, están los gérmenes de lo que se va a hacer. Depositémosles nuestra confianza a quienes tendrán resonancias en el tiempo. Será su tiempo, y jamás dejará eso de significar que no sea también nuestra responsabilidad en el suyo.
Dignifiquemos la palabra en el alcance de quienes requieren de espacios para la historia y para el porvenir, ahora, en este presente para el presente.
No claudiquemos en el esfuerzo que México realiza con la pulcritud de sus jóvenes.
Hoy estamos aquí reunidos para “encontrarnos” en el espacio de lo político de cara al futuro público que nos proyecta ser, como debemos ser.
El “deber” de todo lo que nos posibilita ser como sociedad, emana de nuestra historia: historia es porvenir, es carácter.
Mi exhorto para recoger en la memoria, la identidad que requerimos para hacer mejor las cosas. Memoria política, para comprender y observar al derecho como elemento vertebral de lo que somos todos, corresponsables y co-participes.
Las medidas de la tesitura social lo demandan así: hay que estar a la altura de las circunstancias como ya lo apuntaba Ortega y Gasset hace un siglo, en ese prodigioso texto que tituló: “la misión de la Universidad”.
Y es que los jóvenes no caben en la universalidad de la palabra política: requieren de un espacio propio como marco conceptual para su individualidad.
Individualidad como diferencia, diferencia para la unidad; partes que son contrarios, pares que no deben ser opuestos. Iguales para la igualdad y no para uniformidad.
Llamamos a los jóvenes a dar pasos cualitativos con el talento que poseen. El alma de la forma joven, abre las puertas a lo más maravilloso de la existencia.
Y es que el centro de lo esencial, está en el entusiasmo, en la fortaleza con la que se hacen las cosas. Hacer las cosas con el pensamiento es la madurez de la juventud. Sin el pensamiento, la acción es peligrosa, sin la acción el pensamiento es estéril.
Hay que saber combinar para encontrar, para propiciar equilibrios: la vida demanda equilibrios en son de una vida para la equidad. Equidad como vocación para madurar ante una sociedad que nos exige sensatez.
Sabemos que los jóvenes están sedientos de justicia, y que esa sed, propia del ser joven, es la dinámica que guarda la impaciencia de ser adultos. Pero la injusticia no tiene ninguna justificación ni aquí ni en ningún lugar.
Velocidades asimétricas son las que vivimos todos los días los jóvenes. Jóvenes que protestan y que viven la protesta como parte de la historia de su individualidad en la colectividad.
Colectividad que en más de las veces, no logra ser conectividad. Colectividad social que coarta la esperanza del ser joven. Hay que buscar remedios.
La impaciencia se agota. Y luego llega la decepción y entonces aparece la apatía del atardecer del entusiasmo que deja de ser ingenuo. Por ello exigimos renovar los entusiasmos en medio de la contingencia de la vida cotidiana o no, para combatir la apatía y la indiferencia.
Hay que combatir esa pobreza de espíritu. Los jóvenes deben de encabezar lo más loable de la sociedad, pues en ellos, están los gérmenes de lo que se va a hacer. Depositémosles nuestra confianza a quienes tendrán resonancias en el tiempo. Será su tiempo, y jamás dejará eso de significar que no sea también nuestra responsabilidad en el suyo.
Dignifiquemos la palabra en el alcance de quienes requieren de espacios para la historia y para el porvenir, ahora, en este presente para el presente.
No claudiquemos en el esfuerzo que México realiza con la pulcritud de sus jóvenes.
Hoy estamos aquí reunidos para “encontrarnos” en el espacio de lo político de cara al futuro público que nos proyecta ser, como debemos ser.
El “deber” de todo lo que nos posibilita ser como sociedad, emana de nuestra historia: historia es porvenir, es carácter.
Mi exhorto para recoger en la memoria, la identidad que requerimos para hacer mejor las cosas. Memoria política, para comprender y observar al derecho como elemento vertebral de lo que somos todos, corresponsables y co-participes.
Las medidas de la tesitura social lo demandan así: hay que estar a la altura de las circunstancias como ya lo apuntaba Ortega y Gasset hace un siglo, en ese prodigioso texto que tituló: “la misión de la Universidad”.
Y es que los jóvenes no caben en la universalidad de la palabra política: requieren de un espacio propio como marco conceptual para su individualidad.
Individualidad como diferencia, diferencia para la unidad; partes que son contrarios, pares que no deben ser opuestos. Iguales para la igualdad y no para uniformidad.
Llamamos a los jóvenes a dar pasos cualitativos con el talento que poseen. El alma de la forma joven, abre las puertas a lo más maravilloso de la existencia.
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Juventud y pensamiento
domingo, 25 de abril de 2010
Concordia
La concordia parece ser un sentimiento amistoso;
porque es importante distinguirla de la identidad de opinión,
que puede existir entre personas que no se conocen mutuamente.
Tampoco decimos que la concordia reine entre personas que piensan lo mismo…
La concordia parece ser una amistad política…
No puede existir entre personas viciosas… que no son capaces de amistad…
Aristóteles .
E. Nic. IX-vi
La concordia, es la salud del Estado…
los convenios mediante las cuales las partes de ese cuerpo político se crean,
combinan y unen entre sí, aseméjanse a quel fiat, o hagamos al hombre,
pronunciado por Dios en la Creación.
Thomas Hobbes .
Leviatán. Int.
Esta palabra –Concordia–, literalmente significa: “conformidad”, “acordar”, y puede ser usada en el lenguaje de litigantes como “convenio”, en el político como “consenso” , de ahí que su antónimo sea “discordia , desunión”. Filológicamente esta palabra, de linaje griego, se descompone en el latino en “con-corde”, que significa: “con el corazón”.
Antes de ser un concepto, en la mitología romana, Concordia, era una divinidad, hija de Júpiter, que simbolizaba la unión política entre todos los habitantes de una civitas . “Divinidad en cuyo honor los romanos erigieron varios templos en épocas diferentes. El más magnífico era el del Capitolio, donde se reunía frecuentemente el Senado. Plutarco dice que se le dedicó una capilla de bronce del producto de un impuesto entre los republicanos. La Concordia, lo mismo que la Paz, con la que a veces se le confunde, es hija de Júpiter y Temis; y se le invocaba para la unión de las familias, de los ciudadanos, d los esposos, etcétera. Sus estatuas la representan coronada de guirnaldas, teniendo en una mano dos cuernos de la abundancia entrelazados, y en la otra un haz de varillas, o bien una granada, símbolo de la unión. Cuando la figura simbólica tiene un caduceo, es para expresar que la Concordia es el fruto de una negociación. Las dos manos unidas es uno de sus emblemas más ordinarios. Algunas veces sostiene con las dos manos unidas un caduceo…”
Los orígenes de este vocablo (es decir, de esta voz), pertenecen al romanticismo. Es creación literaria que nos viene de la conjunción del mozárabe y del morizco donde se conjugan el prefijo “con”, con el de “quraçun” que encontramos en el Cid , por tanto se deduce que ya en el siglo X, y muy particularmente en la Corte de Alfonso el Sabio, se usaba este concepto que tardíamente utilizará la tradición, de Voltaire a Rousseau.
En América Latina, originariamente tuvo un uso religioso: dominico . Ya en tiempos que van de la Reforma a la Revolución mexicana, lo encontramos en toda la literatura liberal y hasta conservadora, sobresaliendo en la del Nigromante, de Guillermo Prieto y de Zarco, sin vacilar en la influencia que tuvieron éstos de Baltasar Gracían .
La concordia puede significar armonía, equilibrio, sentimiento fraterno entre pares para un mismo fin, concordancia con uno mismo. En lo profundo, la concordia significa: disposición.
Disposición que en el discurso de Descartes se puede fundir con el cogito latino renacentista que es, a la vez, un sinónimos del yadhaa árabe y del caritas grecolatino. Esto nos hace valorar este vocablo como un verbo que sintetiza Pablo en el sentido del amor cristiano.
Filosóficamente desde la filología, el significado de la concordia es político como bien lo sugiere Aristóteles. Este lazo humano es el vínculo intrapático del que se habla en la visión fenomenológica. Aspecto que nos habla del movimiento de la intersubjetividad como enlace de lo divino.
porque es importante distinguirla de la identidad de opinión,
que puede existir entre personas que no se conocen mutuamente.
Tampoco decimos que la concordia reine entre personas que piensan lo mismo…
La concordia parece ser una amistad política…
No puede existir entre personas viciosas… que no son capaces de amistad…
Aristóteles .
E. Nic. IX-vi
La concordia, es la salud del Estado…
los convenios mediante las cuales las partes de ese cuerpo político se crean,
combinan y unen entre sí, aseméjanse a quel fiat, o hagamos al hombre,
pronunciado por Dios en la Creación.
Thomas Hobbes .
Leviatán. Int.
Esta palabra –Concordia–, literalmente significa: “conformidad”, “acordar”, y puede ser usada en el lenguaje de litigantes como “convenio”, en el político como “consenso” , de ahí que su antónimo sea “discordia , desunión”. Filológicamente esta palabra, de linaje griego, se descompone en el latino en “con-corde”, que significa: “con el corazón”.
Antes de ser un concepto, en la mitología romana, Concordia, era una divinidad, hija de Júpiter, que simbolizaba la unión política entre todos los habitantes de una civitas . “Divinidad en cuyo honor los romanos erigieron varios templos en épocas diferentes. El más magnífico era el del Capitolio, donde se reunía frecuentemente el Senado. Plutarco dice que se le dedicó una capilla de bronce del producto de un impuesto entre los republicanos. La Concordia, lo mismo que la Paz, con la que a veces se le confunde, es hija de Júpiter y Temis; y se le invocaba para la unión de las familias, de los ciudadanos, d los esposos, etcétera. Sus estatuas la representan coronada de guirnaldas, teniendo en una mano dos cuernos de la abundancia entrelazados, y en la otra un haz de varillas, o bien una granada, símbolo de la unión. Cuando la figura simbólica tiene un caduceo, es para expresar que la Concordia es el fruto de una negociación. Las dos manos unidas es uno de sus emblemas más ordinarios. Algunas veces sostiene con las dos manos unidas un caduceo…”
Los orígenes de este vocablo (es decir, de esta voz), pertenecen al romanticismo. Es creación literaria que nos viene de la conjunción del mozárabe y del morizco donde se conjugan el prefijo “con”, con el de “quraçun” que encontramos en el Cid , por tanto se deduce que ya en el siglo X, y muy particularmente en la Corte de Alfonso el Sabio, se usaba este concepto que tardíamente utilizará la tradición, de Voltaire a Rousseau.
En América Latina, originariamente tuvo un uso religioso: dominico . Ya en tiempos que van de la Reforma a la Revolución mexicana, lo encontramos en toda la literatura liberal y hasta conservadora, sobresaliendo en la del Nigromante, de Guillermo Prieto y de Zarco, sin vacilar en la influencia que tuvieron éstos de Baltasar Gracían .
La concordia puede significar armonía, equilibrio, sentimiento fraterno entre pares para un mismo fin, concordancia con uno mismo. En lo profundo, la concordia significa: disposición.
Disposición que en el discurso de Descartes se puede fundir con el cogito latino renacentista que es, a la vez, un sinónimos del yadhaa árabe y del caritas grecolatino. Esto nos hace valorar este vocablo como un verbo que sintetiza Pablo en el sentido del amor cristiano.
Filosóficamente desde la filología, el significado de la concordia es político como bien lo sugiere Aristóteles. Este lazo humano es el vínculo intrapático del que se habla en la visión fenomenológica. Aspecto que nos habla del movimiento de la intersubjetividad como enlace de lo divino.
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concordia política
jueves, 15 de abril de 2010
SUBLIME Y HERMOSA MUJER
DIRECTRIZ POLÍTICA DEL
MÚLTIPLE SENTIDO FEMENINO DEL MUNDO
(Breve esbozo desde una arqueología filosófica del mito)
El mundo se mueve. Y diríamos con mayor precisión, que es el Espíritu quien lo hace. Mundo y espíritu en una dirección desconcertante, misteriosa, enigmática: como lo hace siempre una mujer. Pero el mundo siempre fue antípoda del alma, aunque la unidad del ser, entre la una con el cuerpo-mundo, sea la expresión del espíritu en sí.
El movimiento sin tiempo es lo imposible o lo absoluto. Sin el tiempo, la vida no existiría porque su esencia radica en la duración, en la finitud. Finitud sonora y paradójicamente silente, durabilidad del Verbo, del lógos, de la espacialidad de los sueños y de la manifestación de lo que es. Mundo, mundus, vocablo que encuentra sus resonancias más antiguas en el de fumus (de donde provienen palabras como humo y polvo), y del que también emergió el vocablo y el sentido más hondo del de homo, del “hombre”.
Movimiento del polvo y del hombre en la concepción griega más amplia de asumir a ese homo, en un sin género pero como especie. Dínamis, movimiento que desde siempre como directriz, nos habla de la muerte y de la esperanza de un encuentro para el fin de los tiempos, para la reinauguración fatal del infinito tiempo.
Desde los albores de los mitos más arcaicos, tanto las palabras como las figuras de la comprensión posible, nos han dado pistas para “saber” algo de la apariencia inmediata del entendimiento de la conciencia a escala multivectorial y pluricultural. Los ámbitos preracionales como principios y fundamentos de todo lo que hay, se vuelven –como quizá siempre ha sucedido–, se tornan indispensables ahora que los decadentes humanismos muestran su esencia ornamental, disfuncional e inoperante.
Las tonalidades de prácticamente cualquier diagnóstico de nuestro tiempo, nos alertan de ecos de la putrefacción del presente y de lo que ha sucedido, nos dan pautas para querer abolir lo que hay, e inmiscuirse en una realidad literaria como fantástica entre las redes de la poesía, y de una máscara también poco funcional e impotente.
La política y la diplomacia han fallado en cada acto y en cada guerra que presenciamos. Beirut ahora, Bagdad, Somalia, Afganistán, Irán… y los incontables como incontenibles conflictos bélicos en prácticamente todo el planeta, nos deben hacer redimensionar cuál es la directriz política de todo esto que de ninguna manera, son hechos exclusivos de ahora mismo. Directriz extraviada desde los albores del pensamiento no sólo griego, fundida con los cánones más exquisitos de la violencia de todos los tiempos.
Acaso debamos entonces repensar también las latitudes filológicas de categorías clave en la formación de lo que somos hoy como humanidad. y tienen en el fondo un significado paralelo en su radical: violencia y tiempo son Unidad. Y es que Cratós en griego, sobre todo en el de Hesíodo, significó “violencia” y no “gobierno” como lo sugiere Aristóteles; y es que Crónos como “Tiempo”, tuvo en los inicios del tiempo, hijas que las llamó horas y que son ellas, las que determinan la culminación de los ciclos tanto para dioses como para hombres.
Directrices que nos narran, que nos relatan naturalezas obscuras, siniestras, inconfesables, jocosas, que escapan a toda divinidad piadosa tardía o antigua. Allá en los laberintos que anteceden a la Tragedia, y con mucho, las confabulaciones echaron los dados a las condicionantes de nuestra natura que desde entonces, ha tenido caminos para el dolor que magistralmente se traducen, en ocasiones, en placer sin saber por qué.
Orígenes obscuros. Difíciles episodios como los de Job o los de Nezahualcoyotl, sentidos magnánimos como los de Dostowevski o de Shakespeare invaden la paradoja de la vida que no podría ser resuelta en la simplicidad del punto medio, ni mucho menos, en la de las vidas puras y santas que más huelen al simulacro, que a la autenticidad de lo real de la vida más amplia.
Dolor, sufrimiento, vértigo, muerte, desengaño, vanitas vanitatum ad omnia vanitas así lo dice el adagio arcaico (congregador-salomónico) como postulado formal de nuestra condición humana. “¿Por qué así si sólo un breve tiempo aquí?” se preguntaba el señor de Texcoco con la misma letanía que en las Lamentaciones lo hiciere Jeremías. Ley, nomos, lógos, voluntad inconfesable a tras de la máscara que mueve al mundo. Ley desequilibrada que en la injusticia haya justicia, que en muerte encuentra vida y en la vida muerte, como estupendamente lo apunta Heráclito de Éfeso, aquel sabio presocrático pieza quid en la formación de toda la tradición de Occidente.
Pero de esa unidad, de la que emana todo lo que fluye, junto con la “filosofía” del ying yang, “el movimiento” se fragmenta en su teleología y en su sentido más íntimo. El arriba y el abajo son lo mismo, de la misma forma que vida y muerte, tanto en la esfera hebrea como griega, aunque estos opuestos sean justo dimensiones distintas. La idea del Tao (donde nacer y morir es lo uno y lo mismo), empata a la de los elementos de la circularidad del universo en los upanisads (entre Brama, Visnu y Shiva), en donde de manera semejante, se divide al universo entre fuerzas que, diríamos aquí en términos didácticos, son masculinas y femeninas.
En todo caso esta unidad dadora de vida y de movimiento, es la que sujeta como totalidad a la que hace posible al Estado. Estado como lo moviente, como lo pensante a la manera de Henri Bergson, pero sobre todo de Hegel. Retahíla o unidad en donde se conjugan los elementos antípodas: violencia y gobierno, amor y discordia, conocimiento y pasión. Ahí donde se encuentran los elementos emerge la danza, ahí en donde se funde “la diferencia”, existe la posibilidad de “re-crear” la vida en un acto que también puede ser estético, obsceno y mortal.
El Estado une a las partes en la directriz política de encontrar en “la diversidad y diferencia”, al menester de unirse bajo el estigma mistérico de un sentimiento que pudiéramos llamar amor. Es el amor el que une a los elementos como lo señala Goethe, es esa fuerza cósmica la que germina de la Penia, es decir, de la pobreza, como lo señala Plotino. Penuria e indigencia que son características-natura de la condición humana.
Sentimiento este del que, en términos de Inmanuel Kant, a la vez adquiere un sentido dual pues, dice Kant (en sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime), que mientras a la mujer le corresponden las cuestiones de la belleza, al varón las sublimes; mientras al varón la amistad, a la mujer el amor. Aunque habría que desglosar esta palabra clave, la del “amor”, al menos en latín, griego, hebreo, árabe y chino, y en cada uno de estos idiomas, a la vez extraer los diversos significados que hay entre los sinónimos que pertenecen a una misma familia en lo que toca a lo lingüístico.
De esta reflexión diferenciada y sexual del cosmos, emana la génesis de todo lo que existe en prácticamente todas las grandes culturas del mundo. Antes del huevo universal del que salieran todas las cosas, cuenta uno de los mitos más trascendentes de la antigüedad indoeuropea, sólo había el abismo, sólo el Caos (no hay precisión en el mito si eran dos dioses o uno el elemento y característica del otro). En todo caso esta unidad inengendrada, la del Caos, eterna y originaria, abre los laberintos a la figura de la “Madre” del mundo y de todo en donde, es ella la que cubre todo, y hacia dónde todo va. Así por ejemplo en culturas Mesoamericanas tuvimos a Coatlicue, diosa madre que da la vida pero que también la quita.
Esta figura vectorial del sentido del mundo, es siendo directriz política guerra, lucha, conquista, nacimiento y muerte, hazaña, tragedia, pólemos, parte fémina de ares, eros, y eris. Todo el panteón griego está lleno de femineidades intensas en donde, por ejemplo Ariadna o Artemis (Diana), ocupan lugares sobresalientes por los roles que desempeñan tanto en los actos de dioses mismos como todos los hombres.
De esta extraña raíz de la suavidad del mundo, el abismo arroja pistas para pensar en la creación constante de todas las cosas. Por ello la sigla:
۞
implica, por una parte, unidad de los sentidos y, por otra, unidad entre la cuadratura del círculo proporcionando un octagonal del misticismo medieval en medio, que por lo general lo encontramos en los cimientos de las catedrales europeas, además de representar la estructura geométrica de la estrella de David para los judíos…con las secuelas que en esta representación hay de los laberintos gnósticos y persas.
De hecho esa concatenación entre lo horizontal y lo vertical, es la importancia de la figura de Magdalena de el Evangelio apócrifo que lleva su nombre, junto con la cabalística que encontramos en otros textos prohibidos donde la cuestión, en fechas recientes, se ha “popularizado” de manera muy amplia. Ángulos sincrónicos y diacrónicos que triangulizan puntos cardinales como los que dibujó Leonardo da Vinci y que coinciden directamente con los Chakras de Oriente.
Pero la manifestación inmediata de esta metafísica fragmentariamente expresable, la encontramos en la “revelación” del sentido del verbo, que finalmente no es mas que la materia que alerta un sentido distinto a los cinco ordinarios. Este sentido de lo inaudible sonoro, de lo invisible percibido, es el que codifica la unidad elemental del querer fundirse con “lo otro”, o, como lo señala Plotino, de querer fundirse con el universo.
Esa “querencia” múltiple que da vida y danza, ese punto orgasmal, equivale al instante misterioso de la muerte, del dar la vida, al momento inasible e indescifrable de ser movimiento del mundo. Erotismo que baila, enigma infinito y laberinto de dios. Pero esta fusión que decanta la vida de Estado, la de la inauguración de la existencia del sujeto, desata violencia y misericordia en el mundo. El síntoma es el soma (materia, cuerpo) hecho espíritu, es el espíritu encarnado en el ente material en medio de su frívola y fugaz existencia.
La directriz estalla en la complejidad de “la palabra”, de “la política” como acción y como multívoca dirección, como sensus femenino mundis. Esa paradoja hace pensar en la naturaleza del “amor” como fuerza centrípeta y centrífuga, como la tensión que hay entre el arco y la flecha. Directriz que no evoca jamás un sentido unívoco sino jocoso y con miras a la fenomenología de lo oculto, de lo indescifrable y lo moralmente indecible. Eso ya es una pista en un lenguaje cifrado de siempre.
La continuidad o ilación del presente en el tiempo que todo lo devora habrá que plantearla en la dualidad de la expresión del sentimiento más alto de lo humano, en saber que los extremos se encuentran, en hablar de lo otro cuando hablamos de la bondad del mundo, cuando abordamos el amor de los hombres, la fraternidad posible y real entre nosotros.
MÚLTIPLE SENTIDO FEMENINO DEL MUNDO
(Breve esbozo desde una arqueología filosófica del mito)
El mundo se mueve. Y diríamos con mayor precisión, que es el Espíritu quien lo hace. Mundo y espíritu en una dirección desconcertante, misteriosa, enigmática: como lo hace siempre una mujer. Pero el mundo siempre fue antípoda del alma, aunque la unidad del ser, entre la una con el cuerpo-mundo, sea la expresión del espíritu en sí.
El movimiento sin tiempo es lo imposible o lo absoluto. Sin el tiempo, la vida no existiría porque su esencia radica en la duración, en la finitud. Finitud sonora y paradójicamente silente, durabilidad del Verbo, del lógos, de la espacialidad de los sueños y de la manifestación de lo que es. Mundo, mundus, vocablo que encuentra sus resonancias más antiguas en el de fumus (de donde provienen palabras como humo y polvo), y del que también emergió el vocablo y el sentido más hondo del de homo, del “hombre”.
Movimiento del polvo y del hombre en la concepción griega más amplia de asumir a ese homo, en un sin género pero como especie. Dínamis, movimiento que desde siempre como directriz, nos habla de la muerte y de la esperanza de un encuentro para el fin de los tiempos, para la reinauguración fatal del infinito tiempo.
Desde los albores de los mitos más arcaicos, tanto las palabras como las figuras de la comprensión posible, nos han dado pistas para “saber” algo de la apariencia inmediata del entendimiento de la conciencia a escala multivectorial y pluricultural. Los ámbitos preracionales como principios y fundamentos de todo lo que hay, se vuelven –como quizá siempre ha sucedido–, se tornan indispensables ahora que los decadentes humanismos muestran su esencia ornamental, disfuncional e inoperante.
Las tonalidades de prácticamente cualquier diagnóstico de nuestro tiempo, nos alertan de ecos de la putrefacción del presente y de lo que ha sucedido, nos dan pautas para querer abolir lo que hay, e inmiscuirse en una realidad literaria como fantástica entre las redes de la poesía, y de una máscara también poco funcional e impotente.
La política y la diplomacia han fallado en cada acto y en cada guerra que presenciamos. Beirut ahora, Bagdad, Somalia, Afganistán, Irán… y los incontables como incontenibles conflictos bélicos en prácticamente todo el planeta, nos deben hacer redimensionar cuál es la directriz política de todo esto que de ninguna manera, son hechos exclusivos de ahora mismo. Directriz extraviada desde los albores del pensamiento no sólo griego, fundida con los cánones más exquisitos de la violencia de todos los tiempos.
Acaso debamos entonces repensar también las latitudes filológicas de categorías clave en la formación de lo que somos hoy como humanidad. y tienen en el fondo un significado paralelo en su radical: violencia y tiempo son Unidad. Y es que Cratós en griego, sobre todo en el de Hesíodo, significó “violencia” y no “gobierno” como lo sugiere Aristóteles; y es que Crónos como “Tiempo”, tuvo en los inicios del tiempo, hijas que las llamó horas y que son ellas, las que determinan la culminación de los ciclos tanto para dioses como para hombres.
Directrices que nos narran, que nos relatan naturalezas obscuras, siniestras, inconfesables, jocosas, que escapan a toda divinidad piadosa tardía o antigua. Allá en los laberintos que anteceden a la Tragedia, y con mucho, las confabulaciones echaron los dados a las condicionantes de nuestra natura que desde entonces, ha tenido caminos para el dolor que magistralmente se traducen, en ocasiones, en placer sin saber por qué.
Orígenes obscuros. Difíciles episodios como los de Job o los de Nezahualcoyotl, sentidos magnánimos como los de Dostowevski o de Shakespeare invaden la paradoja de la vida que no podría ser resuelta en la simplicidad del punto medio, ni mucho menos, en la de las vidas puras y santas que más huelen al simulacro, que a la autenticidad de lo real de la vida más amplia.
Dolor, sufrimiento, vértigo, muerte, desengaño, vanitas vanitatum ad omnia vanitas así lo dice el adagio arcaico (congregador-salomónico) como postulado formal de nuestra condición humana. “¿Por qué así si sólo un breve tiempo aquí?” se preguntaba el señor de Texcoco con la misma letanía que en las Lamentaciones lo hiciere Jeremías. Ley, nomos, lógos, voluntad inconfesable a tras de la máscara que mueve al mundo. Ley desequilibrada que en la injusticia haya justicia, que en muerte encuentra vida y en la vida muerte, como estupendamente lo apunta Heráclito de Éfeso, aquel sabio presocrático pieza quid en la formación de toda la tradición de Occidente.
Pero de esa unidad, de la que emana todo lo que fluye, junto con la “filosofía” del ying yang, “el movimiento” se fragmenta en su teleología y en su sentido más íntimo. El arriba y el abajo son lo mismo, de la misma forma que vida y muerte, tanto en la esfera hebrea como griega, aunque estos opuestos sean justo dimensiones distintas. La idea del Tao (donde nacer y morir es lo uno y lo mismo), empata a la de los elementos de la circularidad del universo en los upanisads (entre Brama, Visnu y Shiva), en donde de manera semejante, se divide al universo entre fuerzas que, diríamos aquí en términos didácticos, son masculinas y femeninas.
En todo caso esta unidad dadora de vida y de movimiento, es la que sujeta como totalidad a la que hace posible al Estado. Estado como lo moviente, como lo pensante a la manera de Henri Bergson, pero sobre todo de Hegel. Retahíla o unidad en donde se conjugan los elementos antípodas: violencia y gobierno, amor y discordia, conocimiento y pasión. Ahí donde se encuentran los elementos emerge la danza, ahí en donde se funde “la diferencia”, existe la posibilidad de “re-crear” la vida en un acto que también puede ser estético, obsceno y mortal.
El Estado une a las partes en la directriz política de encontrar en “la diversidad y diferencia”, al menester de unirse bajo el estigma mistérico de un sentimiento que pudiéramos llamar amor. Es el amor el que une a los elementos como lo señala Goethe, es esa fuerza cósmica la que germina de la Penia, es decir, de la pobreza, como lo señala Plotino. Penuria e indigencia que son características-natura de la condición humana.
Sentimiento este del que, en términos de Inmanuel Kant, a la vez adquiere un sentido dual pues, dice Kant (en sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime), que mientras a la mujer le corresponden las cuestiones de la belleza, al varón las sublimes; mientras al varón la amistad, a la mujer el amor. Aunque habría que desglosar esta palabra clave, la del “amor”, al menos en latín, griego, hebreo, árabe y chino, y en cada uno de estos idiomas, a la vez extraer los diversos significados que hay entre los sinónimos que pertenecen a una misma familia en lo que toca a lo lingüístico.
De esta reflexión diferenciada y sexual del cosmos, emana la génesis de todo lo que existe en prácticamente todas las grandes culturas del mundo. Antes del huevo universal del que salieran todas las cosas, cuenta uno de los mitos más trascendentes de la antigüedad indoeuropea, sólo había el abismo, sólo el Caos (no hay precisión en el mito si eran dos dioses o uno el elemento y característica del otro). En todo caso esta unidad inengendrada, la del Caos, eterna y originaria, abre los laberintos a la figura de la “Madre” del mundo y de todo en donde, es ella la que cubre todo, y hacia dónde todo va. Así por ejemplo en culturas Mesoamericanas tuvimos a Coatlicue, diosa madre que da la vida pero que también la quita.
Esta figura vectorial del sentido del mundo, es siendo directriz política guerra, lucha, conquista, nacimiento y muerte, hazaña, tragedia, pólemos, parte fémina de ares, eros, y eris. Todo el panteón griego está lleno de femineidades intensas en donde, por ejemplo Ariadna o Artemis (Diana), ocupan lugares sobresalientes por los roles que desempeñan tanto en los actos de dioses mismos como todos los hombres.
De esta extraña raíz de la suavidad del mundo, el abismo arroja pistas para pensar en la creación constante de todas las cosas. Por ello la sigla:
۞
implica, por una parte, unidad de los sentidos y, por otra, unidad entre la cuadratura del círculo proporcionando un octagonal del misticismo medieval en medio, que por lo general lo encontramos en los cimientos de las catedrales europeas, además de representar la estructura geométrica de la estrella de David para los judíos…con las secuelas que en esta representación hay de los laberintos gnósticos y persas.
De hecho esa concatenación entre lo horizontal y lo vertical, es la importancia de la figura de Magdalena de el Evangelio apócrifo que lleva su nombre, junto con la cabalística que encontramos en otros textos prohibidos donde la cuestión, en fechas recientes, se ha “popularizado” de manera muy amplia. Ángulos sincrónicos y diacrónicos que triangulizan puntos cardinales como los que dibujó Leonardo da Vinci y que coinciden directamente con los Chakras de Oriente.
Pero la manifestación inmediata de esta metafísica fragmentariamente expresable, la encontramos en la “revelación” del sentido del verbo, que finalmente no es mas que la materia que alerta un sentido distinto a los cinco ordinarios. Este sentido de lo inaudible sonoro, de lo invisible percibido, es el que codifica la unidad elemental del querer fundirse con “lo otro”, o, como lo señala Plotino, de querer fundirse con el universo.
Esa “querencia” múltiple que da vida y danza, ese punto orgasmal, equivale al instante misterioso de la muerte, del dar la vida, al momento inasible e indescifrable de ser movimiento del mundo. Erotismo que baila, enigma infinito y laberinto de dios. Pero esta fusión que decanta la vida de Estado, la de la inauguración de la existencia del sujeto, desata violencia y misericordia en el mundo. El síntoma es el soma (materia, cuerpo) hecho espíritu, es el espíritu encarnado en el ente material en medio de su frívola y fugaz existencia.
La directriz estalla en la complejidad de “la palabra”, de “la política” como acción y como multívoca dirección, como sensus femenino mundis. Esa paradoja hace pensar en la naturaleza del “amor” como fuerza centrípeta y centrífuga, como la tensión que hay entre el arco y la flecha. Directriz que no evoca jamás un sentido unívoco sino jocoso y con miras a la fenomenología de lo oculto, de lo indescifrable y lo moralmente indecible. Eso ya es una pista en un lenguaje cifrado de siempre.
La continuidad o ilación del presente en el tiempo que todo lo devora habrá que plantearla en la dualidad de la expresión del sentimiento más alto de lo humano, en saber que los extremos se encuentran, en hablar de lo otro cuando hablamos de la bondad del mundo, cuando abordamos el amor de los hombres, la fraternidad posible y real entre nosotros.
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Reflexiones en torno a los acontecimientos
miércoles, 14 de abril de 2010
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