DIRECTRIZ POLÍTICA DEL
MÚLTIPLE SENTIDO FEMENINO DEL MUNDO
(Breve esbozo desde una arqueología filosófica del mito)
El mundo se mueve. Y diríamos con mayor precisión, que es el Espíritu quien lo hace. Mundo y espíritu en una dirección desconcertante, misteriosa, enigmática: como lo hace siempre una mujer. Pero el mundo siempre fue antípoda del alma, aunque la unidad del ser, entre la una con el cuerpo-mundo, sea la expresión del espíritu en sí.
El movimiento sin tiempo es lo imposible o lo absoluto. Sin el tiempo, la vida no existiría porque su esencia radica en la duración, en la finitud. Finitud sonora y paradójicamente silente, durabilidad del Verbo, del lógos, de la espacialidad de los sueños y de la manifestación de lo que es. Mundo, mundus, vocablo que encuentra sus resonancias más antiguas en el de fumus (de donde provienen palabras como humo y polvo), y del que también emergió el vocablo y el sentido más hondo del de homo, del “hombre”.
Movimiento del polvo y del hombre en la concepción griega más amplia de asumir a ese homo, en un sin género pero como especie. Dínamis, movimiento que desde siempre como directriz, nos habla de la muerte y de la esperanza de un encuentro para el fin de los tiempos, para la reinauguración fatal del infinito tiempo.
Desde los albores de los mitos más arcaicos, tanto las palabras como las figuras de la comprensión posible, nos han dado pistas para “saber” algo de la apariencia inmediata del entendimiento de la conciencia a escala multivectorial y pluricultural. Los ámbitos preracionales como principios y fundamentos de todo lo que hay, se vuelven –como quizá siempre ha sucedido–, se tornan indispensables ahora que los decadentes humanismos muestran su esencia ornamental, disfuncional e inoperante.
Las tonalidades de prácticamente cualquier diagnóstico de nuestro tiempo, nos alertan de ecos de la putrefacción del presente y de lo que ha sucedido, nos dan pautas para querer abolir lo que hay, e inmiscuirse en una realidad literaria como fantástica entre las redes de la poesía, y de una máscara también poco funcional e impotente.
La política y la diplomacia han fallado en cada acto y en cada guerra que presenciamos. Beirut ahora, Bagdad, Somalia, Afganistán, Irán… y los incontables como incontenibles conflictos bélicos en prácticamente todo el planeta, nos deben hacer redimensionar cuál es la directriz política de todo esto que de ninguna manera, son hechos exclusivos de ahora mismo. Directriz extraviada desde los albores del pensamiento no sólo griego, fundida con los cánones más exquisitos de la violencia de todos los tiempos.
Acaso debamos entonces repensar también las latitudes filológicas de categorías clave en la formación de lo que somos hoy como humanidad. y tienen en el fondo un significado paralelo en su radical: violencia y tiempo son Unidad. Y es que Cratós en griego, sobre todo en el de Hesíodo, significó “violencia” y no “gobierno” como lo sugiere Aristóteles; y es que Crónos como “Tiempo”, tuvo en los inicios del tiempo, hijas que las llamó horas y que son ellas, las que determinan la culminación de los ciclos tanto para dioses como para hombres.
Directrices que nos narran, que nos relatan naturalezas obscuras, siniestras, inconfesables, jocosas, que escapan a toda divinidad piadosa tardía o antigua. Allá en los laberintos que anteceden a la Tragedia, y con mucho, las confabulaciones echaron los dados a las condicionantes de nuestra natura que desde entonces, ha tenido caminos para el dolor que magistralmente se traducen, en ocasiones, en placer sin saber por qué.
Orígenes obscuros. Difíciles episodios como los de Job o los de Nezahualcoyotl, sentidos magnánimos como los de Dostowevski o de Shakespeare invaden la paradoja de la vida que no podría ser resuelta en la simplicidad del punto medio, ni mucho menos, en la de las vidas puras y santas que más huelen al simulacro, que a la autenticidad de lo real de la vida más amplia.
Dolor, sufrimiento, vértigo, muerte, desengaño, vanitas vanitatum ad omnia vanitas así lo dice el adagio arcaico (congregador-salomónico) como postulado formal de nuestra condición humana. “¿Por qué así si sólo un breve tiempo aquí?” se preguntaba el señor de Texcoco con la misma letanía que en las Lamentaciones lo hiciere Jeremías. Ley, nomos, lógos, voluntad inconfesable a tras de la máscara que mueve al mundo. Ley desequilibrada que en la injusticia haya justicia, que en muerte encuentra vida y en la vida muerte, como estupendamente lo apunta Heráclito de Éfeso, aquel sabio presocrático pieza quid en la formación de toda la tradición de Occidente.
Pero de esa unidad, de la que emana todo lo que fluye, junto con la “filosofía” del ying yang, “el movimiento” se fragmenta en su teleología y en su sentido más íntimo. El arriba y el abajo son lo mismo, de la misma forma que vida y muerte, tanto en la esfera hebrea como griega, aunque estos opuestos sean justo dimensiones distintas. La idea del Tao (donde nacer y morir es lo uno y lo mismo), empata a la de los elementos de la circularidad del universo en los upanisads (entre Brama, Visnu y Shiva), en donde de manera semejante, se divide al universo entre fuerzas que, diríamos aquí en términos didácticos, son masculinas y femeninas.
En todo caso esta unidad dadora de vida y de movimiento, es la que sujeta como totalidad a la que hace posible al Estado. Estado como lo moviente, como lo pensante a la manera de Henri Bergson, pero sobre todo de Hegel. Retahíla o unidad en donde se conjugan los elementos antípodas: violencia y gobierno, amor y discordia, conocimiento y pasión. Ahí donde se encuentran los elementos emerge la danza, ahí en donde se funde “la diferencia”, existe la posibilidad de “re-crear” la vida en un acto que también puede ser estético, obsceno y mortal.
El Estado une a las partes en la directriz política de encontrar en “la diversidad y diferencia”, al menester de unirse bajo el estigma mistérico de un sentimiento que pudiéramos llamar amor. Es el amor el que une a los elementos como lo señala Goethe, es esa fuerza cósmica la que germina de la Penia, es decir, de la pobreza, como lo señala Plotino. Penuria e indigencia que son características-natura de la condición humana.
Sentimiento este del que, en términos de Inmanuel Kant, a la vez adquiere un sentido dual pues, dice Kant (en sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime), que mientras a la mujer le corresponden las cuestiones de la belleza, al varón las sublimes; mientras al varón la amistad, a la mujer el amor. Aunque habría que desglosar esta palabra clave, la del “amor”, al menos en latín, griego, hebreo, árabe y chino, y en cada uno de estos idiomas, a la vez extraer los diversos significados que hay entre los sinónimos que pertenecen a una misma familia en lo que toca a lo lingüístico.
De esta reflexión diferenciada y sexual del cosmos, emana la génesis de todo lo que existe en prácticamente todas las grandes culturas del mundo. Antes del huevo universal del que salieran todas las cosas, cuenta uno de los mitos más trascendentes de la antigüedad indoeuropea, sólo había el abismo, sólo el Caos (no hay precisión en el mito si eran dos dioses o uno el elemento y característica del otro). En todo caso esta unidad inengendrada, la del Caos, eterna y originaria, abre los laberintos a la figura de la “Madre” del mundo y de todo en donde, es ella la que cubre todo, y hacia dónde todo va. Así por ejemplo en culturas Mesoamericanas tuvimos a Coatlicue, diosa madre que da la vida pero que también la quita.
Esta figura vectorial del sentido del mundo, es siendo directriz política guerra, lucha, conquista, nacimiento y muerte, hazaña, tragedia, pólemos, parte fémina de ares, eros, y eris. Todo el panteón griego está lleno de femineidades intensas en donde, por ejemplo Ariadna o Artemis (Diana), ocupan lugares sobresalientes por los roles que desempeñan tanto en los actos de dioses mismos como todos los hombres.
De esta extraña raíz de la suavidad del mundo, el abismo arroja pistas para pensar en la creación constante de todas las cosas. Por ello la sigla:
۞
implica, por una parte, unidad de los sentidos y, por otra, unidad entre la cuadratura del círculo proporcionando un octagonal del misticismo medieval en medio, que por lo general lo encontramos en los cimientos de las catedrales europeas, además de representar la estructura geométrica de la estrella de David para los judíos…con las secuelas que en esta representación hay de los laberintos gnósticos y persas.
De hecho esa concatenación entre lo horizontal y lo vertical, es la importancia de la figura de Magdalena de el Evangelio apócrifo que lleva su nombre, junto con la cabalística que encontramos en otros textos prohibidos donde la cuestión, en fechas recientes, se ha “popularizado” de manera muy amplia. Ángulos sincrónicos y diacrónicos que triangulizan puntos cardinales como los que dibujó Leonardo da Vinci y que coinciden directamente con los Chakras de Oriente.
Pero la manifestación inmediata de esta metafísica fragmentariamente expresable, la encontramos en la “revelación” del sentido del verbo, que finalmente no es mas que la materia que alerta un sentido distinto a los cinco ordinarios. Este sentido de lo inaudible sonoro, de lo invisible percibido, es el que codifica la unidad elemental del querer fundirse con “lo otro”, o, como lo señala Plotino, de querer fundirse con el universo.
Esa “querencia” múltiple que da vida y danza, ese punto orgasmal, equivale al instante misterioso de la muerte, del dar la vida, al momento inasible e indescifrable de ser movimiento del mundo. Erotismo que baila, enigma infinito y laberinto de dios. Pero esta fusión que decanta la vida de Estado, la de la inauguración de la existencia del sujeto, desata violencia y misericordia en el mundo. El síntoma es el soma (materia, cuerpo) hecho espíritu, es el espíritu encarnado en el ente material en medio de su frívola y fugaz existencia.
La directriz estalla en la complejidad de “la palabra”, de “la política” como acción y como multívoca dirección, como sensus femenino mundis. Esa paradoja hace pensar en la naturaleza del “amor” como fuerza centrípeta y centrífuga, como la tensión que hay entre el arco y la flecha. Directriz que no evoca jamás un sentido unívoco sino jocoso y con miras a la fenomenología de lo oculto, de lo indescifrable y lo moralmente indecible. Eso ya es una pista en un lenguaje cifrado de siempre.
La continuidad o ilación del presente en el tiempo que todo lo devora habrá que plantearla en la dualidad de la expresión del sentimiento más alto de lo humano, en saber que los extremos se encuentran, en hablar de lo otro cuando hablamos de la bondad del mundo, cuando abordamos el amor de los hombres, la fraternidad posible y real entre nosotros.
jueves, 15 de abril de 2010
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