
En la vejez aprendemos a olvidar.Ernest Bloch.
Un pueblo o un hombre que no sabe de dónde viene, jamás podrá saber a dónde va. La construcción del porvenir en gran medida, viene de las raíces. Y en el proyecto educativo de una nación sería un error fatal hacer a un lado la memoria de un pueblo. Repasar la historia, mantenerla viva, es un primer fundamento para entender lo que se percibe como presente. Entender para comprender. Comprender como actitud y aptitud ante la realidad como eje problemático en las aristas que importan en nuestros vectores, es inmiscuirnos participativamente ante la sociedad. Ver el nuevo pasado de México, es encarnar la actualización más objetiva de “lo que fue”.
La riqueza de la enorme acumulación de la era del Virreinato que guarda la Nueva España debe ser atendida; los mundos mesoamericanos, no deben ser descuidados ante la vorágine de estos tiempos que exigen tendencias entre globalidad e identidad. La historia importa por que es de ahí de donde proviene un sentido posible entre nosotros, inmerso, en la producción mundial de los acontecimientos en esta era de la simultaneidad y de la ganancia.
Atender los senderos más íntimos que guardan los problemas a los que se enfrenta la educación, es valorar la dinámica del movimiento de la cultura en su quehacer que importa. La constante renovación de la producción cognitiva, tendrá que ser sopesada, no sólo como acumulación de la memoria para los claustros educativos, sino también, como elementos para las propuestas sociales y políticas que requiere la acción.
La literatura es una expresión del tiempo que inspira torrentes que por instantes son atemporales. Las gotas de la lluvia divina de las letras que caen en suelo fértil, tienen productos, frutos que nutren la magnificencia del Espíritu que dictamina sentido con ellas. Pero el peligro funesto que se presenta ante la ausencia de lo clásico de la cultura, radica en no darle vida ni a las letras ni a la memoria en los laberintos de encontrar al humanismo como ornato y no, como un instrumento para la civilidad.
Dictar clases de historia, no es suficiente cuando éstas se conforman con memorizar sin la reflexión. La política no puede ser sintetizada en ser una mera instrumentalización de la utilización –sin más- ni de los recursos materiales, ni de los culturales como si unos u otros fuesen los patrimonios de “la administración en turno”. Las anomalías que muestran los niveles de quienes proponen cambios sustantivos y sustanciales en la enseñanza de la historia en México, son dramáticos y lamentables. Bastaría re-encontrarnos con la pluma de Mariano Otero, de Justo Sierra, o de Alfonso Reyes –entre muchos otros- para re-formular el destino hoy incierto del futuro de México.

No hay comentarios:
Publicar un comentario