martes, 11 de mayo de 2010

Carta a los jóvenes de México

La esencia de una sociedad es su juventud. Ser joven es ser esencial.

Y es que el centro de lo esencial, está en el entusiasmo, en la fortaleza con la que se hacen las cosas. Hacer las cosas con el pensamiento es la madurez de la juventud. Sin el pensamiento, la acción es peligrosa, sin la acción el pensamiento es estéril.

Hay que saber combinar para encontrar, para propiciar equilibrios: la vida demanda equilibrios en son de una vida para la equidad. Equidad como vocación para madurar ante una sociedad que nos exige sensatez.

Sabemos que los jóvenes están sedientos de justicia, y que esa sed, propia del ser joven, es la dinámica que guarda la impaciencia de ser adultos. Pero la injusticia no tiene ninguna justificación ni aquí ni en ningún lugar.

Velocidades asimétricas son las que vivimos todos los días los jóvenes. Jóvenes que protestan y que viven la protesta como parte de la historia de su individualidad en la colectividad.

Colectividad que en más de las veces, no logra ser conectividad. Colectividad social que coarta la esperanza del ser joven. Hay que buscar remedios.

La impaciencia se agota. Y luego llega la decepción y entonces aparece la apatía del atardecer del entusiasmo que deja de ser ingenuo. Por ello exigimos renovar los entusiasmos en medio de la contingencia de la vida cotidiana o no, para combatir la apatía y la indiferencia.

Hay que combatir esa pobreza de espíritu. Los jóvenes deben de encabezar lo más loable de la sociedad, pues en ellos, están los gérmenes de lo que se va a hacer. Depositémosles nuestra confianza a quienes tendrán resonancias en el tiempo. Será su tiempo, y jamás dejará eso de significar que no sea también nuestra responsabilidad en el suyo.

Dignifiquemos la palabra en el alcance de quienes requieren de espacios para la historia y para el porvenir, ahora, en este presente para el presente.

No claudiquemos en el esfuerzo que México realiza con la pulcritud de sus jóvenes.

Hoy estamos aquí reunidos para “encontrarnos” en el espacio de lo político de cara al futuro público que nos proyecta ser, como debemos ser.

El “deber” de todo lo que nos posibilita ser como sociedad, emana de nuestra historia: historia es porvenir, es carácter.

Mi exhorto para recoger en la memoria, la identidad que requerimos para hacer mejor las cosas. Memoria política, para comprender y observar al derecho como elemento vertebral de lo que somos todos, corresponsables y co-participes.

Las medidas de la tesitura social lo demandan así: hay que estar a la altura de las circunstancias como ya lo apuntaba Ortega y Gasset hace un siglo, en ese prodigioso texto que tituló: “la misión de la Universidad”.

Y es que los jóvenes no caben en la universalidad de la palabra política: requieren de un espacio propio como marco conceptual para su individualidad.

Individualidad como diferencia, diferencia para la unidad; partes que son contrarios, pares que no deben ser opuestos. Iguales para la igualdad y no para uniformidad.

Llamamos a los jóvenes a dar pasos cualitativos con el talento que poseen. El alma de la forma joven, abre las puertas a lo más maravilloso de la existencia.

1 comentario:

  1. Hola, agradable día, profesor Otilio:

    Fui alumno en las materias que impartió en 3er y 4to semestre en FCPyS, , hace poco más de un año.
    Mi parecer va de la mano con esta esquela que nos brinda, y quisiera, además de escribirle con afecto, el destacar unas palabras que ha puesto.
    "Velocidades asimétricas son las que vivimos todos los días los jóvenes...", pues, digo de manera lamentable, muchos son los que adjudican los problemas a los que oscilan entre los 20 años.
    ¡Qué fácil! Parecen no entender que esta misiva también es para ellos; bien recalca el hecho de "combinar" acción y pensamiento.
    Los jóvenes tienen la energía para hacer y, es evidente, tienen ideas laudables, crecerían con la ayuda de la experiencia que puedan brindarles aquellos cuyo espíritu parece envejecido ya, falto de entusiasmo por creer en los pareceres, mencionaba Séneca:
    “El nombre de vejez no es el que conviene al número de mis años ni a un cuerpo gastado como el mío; designa el enflaquecimiento del ser y no su agotamiento y su disolución…”
    Sigamos sin descanso, con sus palabras, abriendo “las puertas a lo más maravilloso de la existencia.”

    Hasta luego.

    Enrique Montero

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