lunes, 16 de abril de 2012

Pensar la METRÓPOLI

El siglo XXI es un tiempo donde hay que conquistar, inventar, habitar y deshabitar espacios públicos y privados; es un siglo de grandes movimientos humanos, migratorios o no, con los que se transforma la cultura de manera vertiginosa.
Hoy ya no hay fronteras prácticamente en ningún lugar del mundo ni para las mercancías, ni para las ideas, ni para los capitales, sólo las hay, de manera anacrónica, para los hombres ahora que todo fluye; la reconfiguración de los espacios urbanos y hasta de los rurales, continúa marcando las pautas de una hiper-complejidad enorme, y con ella, las ciudades, las grandes ciudades, se han convertido en metrópolis o en megametrópolis, donde la velocidad de la vida de las personas, igualmente se acrecienta y a la vez se acorta entre la muchedumbre, la multitud o simplemente la masa.
En la vorágine de las dimensiones intempestivas de esas velocidades, las instituciones públicas han quedado, en gran medida, rebasadas por las demandas propias de ese crecimiento que exige cada vez más, una honestidad de ellas para combatir a la corrupción, y la desigualdad que permea a esa vida pública.
Ciudades-metrópolis que -aún con “sus” razones históricas- no justifican un divisionismo geopolítico común ante las necesidades propias de ellas mismas y, al contrario, se busca separar aún más a las partes, como si no se supiera que todas las partes dependen de un todo.
Las metamorfosis de la metrópoli deben de verse como esas “coaliciones de atención” en esta era de reconfiguraciones donde las ciudades todas, son un universo entrelazado y entremezclado por redes globales y panópticas preocupadas por una totalidad de cuidados, donde habremos de re-valorar la vida y la dignidad humana.
Ciudades de múltiples tonalidades legales que deberán insertarse al unísono de una sinfonía más armónica para regular todo lo pendiente, para transitar de la casa al mundo, es decir, de los hechos privados, hacia los públicos inequívocamente en una coexistencia planetaria.
Los ecosistemas de los climas humanos en las grandes ciudades, cada vez más irracionales, tenderán ineludiblemente a responder a las perspectivas ampliadas de un criterio que hoy se muestra insuficiente, incluso con el diálogo debido, pero carente de argumentos y de propuestas, en medio de luchas tan estériles como pseudo-políticas, justo ahí, donde necesitamos de una inteligencia multirracional.
Ciudades de renovadas culturas a las que hay que darles atención con todos los novedosos instrumentos virtuales, morales, mediáticos, políticos y educativos, para apaciguar esa desigualdad tan lacerante, sobre todo, de cara a los jóvenes en la metrópoli porque sabemos, no sólo que se puede, sino que es posible atenderlos. En los jóvenes siempre ha estado la clave de lo que se puede hacer desde la vida adulta, en la semilla está la historia.
El mundo se ha ensanchado y aún así, las paradojas siempre sorprenden. Pese al nomadismo, se acentúa el sedentarismo, y los viajes quedan para otro día, para otra economía. Con ese ensanchamiento se pensaría, que se acrecienta el espíritu, y no es así, no ha sido así. Pareciera que se han ensanchado los mercados, pero no el alma del ser humano que intenta, al menos, no ser sólo una mercancía o simplemente “una cosa” útil.
El pensamiento acorde con la metrópoli, deberá ponerse alerta, moviente con la cultura viva, que transita en el tiempo y en los espacios para poder instalarse en “el qué hacer” político estratégico, eficaz y de profundo alcance, mundializado, hacia nuevas direcciones.

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