lunes, 16 de abril de 2012

AMOR Y VIDA DE ESTADO

A tí, dulce canción de todos los tiempos que te desintegras en el viento,
a tí que eres viento nocturno,
silencio,
amor...

El amor es uno de los grandes temas de todos los tiempos y de todas las culturas; existe desde el comienzo en todos los idiomas y de hecho, es un lenguaje universal; es, primero, una forma de expresión, una manera de comunicarnos; es un fenómeno de muchos significados y parece, que como acontecimiento, es un asunto que rebasa ser sólo humano. Dante decía que “el amor es lo que mueve a las estrellas”.
Humanamente el amor es un elemento central en la construcción del “alma”, y como “componente” de la vida, es Espíritu, es decir, es el contenido de la palabra que es resonancia de nuestras profundidades o de nuestros abismos.
Eso “invisible” que atraviesa a la humanidad entera, es, como experiencia de las personas, uno de los acontecimientos más hermosos de la vida, y es, como vivencia de un pueblo, parte de su cultura; el amor como comunicación y como lenguaje es un puente, un “poner en común”, es un “hacer en común”, y ahí emerge la comunidad. En ese “poner en común” podemos decir que el amor es siempre “una confesión” y un “testimonio”: el amor es ese hilo que fundamenta a la esencia de la familia y por tanto, al núcleo de la sociedad; es pieza clave en las células de un todo.
Con esa importancia, toda la historia del pensamiento y de las grandes religiones del mundo, le han concedido, al amor, un lugar preponderante en lo que puede hacer un hombre, un pueblo o una cultura; el amor redefine a la filosofía y a la religión; el amor como energía y como potencia, es el motivo más alto que puede haber para alcanzar la libertad y la dignidad humana (sin dignidad no hay honor); el amor es el punto de referencia y de arranque más hondo que hay para vivir: es el hacedor de nuestros sueños y de nuestras esperanzas. Sin amor no hay vida, sólo existencias. Vivir es construir.
El amor, aunque es una bendición y un milagro, como fuerza de voluntad, es una “alternativa consciente”, efecto de una historicidad (¡y la “historia” es una creación constante!, no es sólo una memoria inmóvil). El amor es ese tiempo y es ese espacio donde compartimos nuestra libertad: sin libertad difícilmente hay amor.
No obstante, del encuentro al amor hay distancias, de la comunidad al encuentro hay distancias, pues aunque vivimos entre muchos, conocemos a pocos. Nada garantiza la empatía si no hay conocimiento, aún en medio del erotismo, y es que hay que decirlo: el amor no es el simple gusto compartido, no nace necesariamente de la belleza física, tampoco es sólo el placer; el amor es aceptación auténtica y es disposición ante la diferencia, no es sumisión ni es resignación: ahí radica su ser indestructible, en esa pasión indomable que le ofrecemos a los seres amados.
El conocimiento es la estructura del misterio del amor. Un conocimiento de coincidencias con el que se vive la realidad, un saber de entrecruzamientos y funcionalidades con los que se teje el espíritu de un pueblo, con el que se prueba su capacidad de crear o aceptar a “la verdad”. No hay amor sin conocimiento, humanamente no es posible amar sin conciencia (aunque el amor no sea ni racional ni un asunto exclusivo de la razón).
El conocimiento es la vértebra más delicada del Estado, pues el conocimiento, al generar “verdad”, genera “poder” y le da “sentido” a todo lo que hay bajo el yugo del nombrar. La verdad es una búsqueda, y los pueblos y los hombres que se conforman con lo superficial, sólo se conforman con la “certeza”: el conocimiento entonces se convierte en la médula del Estado, y si falla el conocimiento, falla el orden de todo. Por eso se ha dicho que “conocer es amar”. Si falla ese orden de Estado, estalla la violencia. Ante una cultura beligerante, ese orden que está, o que debe estar cimentado en “la educación” como proyecto de Estado, es la posibilidad de la concordia y de la civilidad. Educación que no debe ser confundida con la pura capacitación para el trabajo.
Y sin embargo una “República de amigos” es inviable porque es utópica en este contexto de envidias que emergen, de ese falaz “sistema de competencias”, sobre todo, por esa condición caínica que como humanidad, estamos obligados a romper.
El amor como conciencia, es decir, el amor como conocimiento, es una responsabilidad: la vida es asumir la responsabilidad de vivirla, y en esa responsabilidad, está la capacidad de “dar” (es gratuidad, sin interés, sin esperar nada a cambio, el amor no es un intercambio, no es un comercio). Es ese ofrecimiento del ser en otro ser para hacer unidad.
En ese episodio de la vida todo es posible. El amor se vive en un instante breve, y es lo que hace a la vida breve, por eso hay que cuidarlo, porque en ese momento, al ser luz y verdad, se comprende la contradicción que hay en él: es poder y anti-poder, y puesto que el amor es esencialmente “conocimiento”, es a la vez “autoconocimiento”, es reconocimiento y “autoreconocimiento” como construcción de la “otredad” y hasta de la felicidad como proceso de una búsqueda infinita, por tanto, ese conocimiento, es la base del respeto y de la confianza.
El reconocimiento es posibilidad de reconciliación: sólo así se puede “perdonar”. Donde no hay amor, no hay “perdón como comprensión” ante la “culpa” y la responsabilidad; donde no hay estos elementos, no se puede construir la justicia, y donde no hay justicia en la contingencia, no hay espíritu, y sólo prevalece “la condena” como una puerta hacia “la venganza” y hacia el resentimiento: esa es la fuerza de este concepto-experiencia difícil que se ciñe como tierra fértil, y como tristeza cuando “se va”.
Y aunque el amor y el olvido no son lo mismo, son senderos paralelos; nadie puede volver a amar sin haber “olvidado”. Dice C. Rosset: “El olvido no surge cuando desaparecen los recuerdos (lo que no se produce nunca), sino cuando todos los recuerdos aparecen a la vez de forma indiferenciada”. No hay que confundir al olvido con la omisión, o con la indiferencia, no hay que confundir al amor con la compasión o con la lástima.
En el mundo antiguo se creía que el amor era un dios, que poseía a dioses y a hombres (y mujeres), y también se creía, que ese dios, era hijo de “la pobreza” y del “poder”. Por ello hay que saber de qué “momento” hablamos cuando amamos, pues, como decía Voltaire, “el amor es una tela que borda la imaginación”, y esa santa alianza es finalmente, una clave para entender y comprender lo entendible de la muerte que nos sumerge en ese dolor inasible. Decían los griegos antiguos, que uno de los puntos más altos del conocimiento es comprender sin condenar.
En el amor no hay métodos, ni técnicas, aunque el amor sea “un camino” que se construye en un “caminar juntos”, en “un vivir juntos” y no sólo en el enamoramiento, el amor no es un discurso en sí nada más de la tolerancia, sino la magia de la palabra que alcanza a ser poesía incluso en el silencio, música, acción, que va más allá de la persuasión, de la elocuencia y de la retórica, aunque el amor no garantice reciprocidad ni tranquilidad. Por ello hay que saber que el amor es siempre una conquista, es un proceso, y como tal, como morada, es la vida misma.
En ese encuentro, en ese proceso se va la vida. Hay una sentencia gnóstica bellísima y maravillosa que dice así: “yo soy tú y tú eres yo, y donde tú estás yo estoy, y en todas las cosas me hallo disperso, y en donde quiera que recojas, me recogerás a mí, y al recogerme te recogerás a ti misma”.

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